Me dispongo a regresar a casa, a lidiar con mis muchas básculas calibradas a destiempo, a enmudecer frente al embate de los pirotécnicos y demás escándalos cardiacos, a fantasear con el cenit desnudo y la noble virginidad de mis compañeras gaviotas, a recordarle a mi sombra su ímpetu de árbol nómada, a verter el cántaro imperturbable de mis secretos.
Desisto de los minuciosos tratados fiscales, los ceños fruncidos, las raciones milimétricas de alquimia, las escaleras de amargura inyectada, los hospicios dedicados al cuidado de cadáveres extrañamente complacidos con los ojos de escuadra.
Lo dejo todo para arroparme con la colección de asombros debajo de las sabanas, con los relatos de quimeras y pedestales que suele susurrar mi techo a deshoras, con los múltiples abrazos contagiados del romance de los tinteros a la medianoche.
Mi rechazo a las tachuelas de colores, al trepidante acontecer de las horas, a las cuotas determinadas por encargo, a las huellas que en la intimidad las canas amedrentan sin descanso es absoluta e irreconciliable. Sobre todo cuando en el horizonte se muestra la infinita madrugada de mi casa.
En ese momento el acurrucamiento es inexorable. La calidez del avistamiento me sobrecoge con la improvisación de los ciruelos, de un abultado sobresalto se me informa de un centenar de nuevos alfabetos, vislumbro con formidable encanto riachuelos de febrilidad sospechosa, hombres de beatitud inexplorada.
Regreso a casa, ese refugio de límites volátiles sujetos únicamente al imperio de nuestros vuelos, encuentro del latir de misterios traslúcidos, capullos de cuarzo. Decidido a hacer espuma del insomnio de la luna menguante y dejar reposar el tiempo turbio en el vientre de un fulgor hecho espejismo.
Seducido ya hasta en los escombros me quedo entonces quieto en el dulce conteo de ovejas, bálsamos y madrigales…