"...¿De donde un pueblo entero se aprieta la barriga
porque sí?
¿De que raíz de rencor,
de cuanta injuria,
de cuanta revancha detenida,
de cuantos sueños postergados
surge la fuerza hoy?
..."

Jaime Sabines

3.29.2011

Retorno


Me dispongo a regresar a casa, a lidiar con mis muchas básculas calibradas a destiempo, a enmudecer frente al embate de los pirotécnicos y demás escándalos cardiacos, a fantasear con el cenit desnudo y la noble virginidad de mis compañeras gaviotas, a recordarle a mi sombra su ímpetu de árbol nómada, a verter el cántaro imperturbable de mis secretos. 

Desisto de los minuciosos tratados fiscales, los ceños fruncidos, las raciones milimétricas de alquimia, las escaleras de amargura inyectada, los hospicios dedicados al cuidado de cadáveres extrañamente complacidos con los ojos de escuadra.

Lo dejo todo para arroparme con la colección de asombros debajo de las sabanas, con los relatos de quimeras y pedestales que suele susurrar mi techo a deshoras, con los múltiples abrazos contagiados del romance de los tinteros a la medianoche.

Mi rechazo a las tachuelas de colores, al trepidante acontecer de las horas, a las cuotas determinadas por encargo, a las huellas que en la intimidad las canas amedrentan sin descanso es absoluta e irreconciliable. Sobre todo cuando en el horizonte se muestra la infinita madrugada de mi casa.

En ese momento el acurrucamiento es inexorable. La calidez del avistamiento me sobrecoge con la improvisación de los ciruelos, de un abultado sobresalto se me informa de un centenar de nuevos alfabetos, vislumbro con formidable encanto riachuelos de febrilidad sospechosa, hombres de beatitud inexplorada. 

Regreso a casa, ese refugio de límites volátiles sujetos únicamente al imperio de nuestros vuelos, encuentro del latir de misterios traslúcidos, capullos de cuarzo. Decidido a hacer espuma del insomnio de la luna menguante y dejar reposar el tiempo turbio en el vientre de un fulgor hecho espejismo.  

Seducido ya hasta en los escombros me quedo entonces quieto en el dulce conteo de ovejas, bálsamos y madrigales…

3.23.2011

Revision de los Apegos


¡Sí, claro! Partidario de la buena cosecha de tubérculos, de la buena cosecha de magnolias, de las buenas cosechas de proctólogos desalentados o faltas de ortografía y de todas las demás buenas cosechas.

Defensor de la lujuria sobre las fotocopiadoras, sobre el exonerado catálogo de los formulismos y las formalidades, sobre la insoportable maldición de la memoria. 

Ideólogo del asombro, siempre beligerante a contra de los pronósticos, siempre jugando a hacer papiroflexia con nuestros cartogramas; de los besos que bajo la lluvia, o la regadera, le faltan el respeto al tiempo; del delirio como prólogo de nuestros desayunos. 

Fanático de la niebla y sus constantes lecciones de acústica y meditación, de las vocales y su ávida promiscuidad casi galardonada y de los hombres en llamas cansados de ser deportados de sus propios arcoíris. 

Militante del teatro de las metamorfosis, de los orfanatos subterráneos de soberanía instantánea, de las canciones, de cuna o de protesta, que se quedaron esperando oleaje y de la primavera preñada de insurrección y orquídeas. 

Fervoroso del hartazgo dejado a secar a la intemperie, del oportunismo indigente de los años bisiestos, de la pólvora renuente a los fusiles con ganas de embelesar a la luna, del orgasmo como apertura perfecta para cualquier sinfonía. 

Feligrés de incontables universos paralelos en donde los jardineros se postulan como ministros de justicia, en donde los abuelos se juntan para contarnos en coro cuentos de hormigas y caimanes, donde la inocencia se emancipo hace tiempo de los reproches a causa de una hambre estupenda y donde el amor le pinta a uno la piel con los colores de la madrugada.

Simpatizante, evidentemente, de los certificados de mala conducta, de las camas magistralmente desafinadas, de la obligada visita al manicomio en el tour implacable de nuestros destinos, de cualquier tumulto con ganas de perderle el miedo al frio.

Me pronuncio a favor de la irreverencia sacada de un calcetín o de un plumero, convencidísimo que no hay mejor manera para sobrellevar los días que con un puño de hierba en el bolsillo y feliz con la infinidad de corazonadas que se quedaron hasta tarde, con los ojos y los huesos bien abiertos, para terminar de escuchar el discreto arrojo de estos versos.