En la brevedad de un suspiro nos encontramos,
y traicionamos el itinerario con que el destino
añeja sus subastas,
retejemos la hipérbole que secuestra la ambigüedad
de la borrasca,
le acuñamos nuevas lágrimas al menguado candil de
la cordura,
celebramos la epopeya que yace en el temple de los
heliotropos,
le vedamos el tránsito a todos los portazos que
integran la órbita del desahucio
que solo recurren a nuestro regazo por terror a espectros
disecados.
En la brevedad de un suspiro callan todos los
rompecabezas,
todos los cerrojos ceden, los verbos bullen, tiernos
síncopes florecen,
se detonan los claustros que presumían ostentar la
más nítida alegría
y que en cambio solo servían para lustrar el yerro
de Narciso.
Se derrumban las cláusulas con que el colegio de
antibióticos se receta
el temblor que ya oprime la válvula de nuestras
retinas,
y copulan los náufragos y los dientes de león,
y los mercenarios desertores que dejo tendido el
temporal,
y las horas despilfarradas que sin embargo se
arrepienten,
y una savia arcaica baña el diámetro del embeleso
embriagando las fracturas que componen el árido
relieve del porvenir.
En la brevedad de un suspiro te reconozco, me
reconoces
y en esa áurea intimidad, de miradas sin resaca, de
indultos sin escombro,
de
hostias expiadas en el férvido licor de la noche colapsada,
de
cálices y arietes curtiendo el poema del asilo, del dintel,
de
usuras traslúcidas, de ebrias osamentas impartiendo misa,
de
verdadera lealtad que nos dolemos, que nos deseamos.
Y
sabemos,
entre cinceles y bengalas y mimos y escarnios
que
no hay nada más que hacer,
nada
más valiente o más artero,
nada
más agrícola o mortal
que
amarnos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario