¿Que quedara del tibio manantial de esperanza con que un niño se entrega, libre de frívolos vértigos, al naufragio de cada suspiro, de cada quimera? ¿Qué quedara del sagrado polen que florece bajo amparo del incansable andariego, en los fértiles surcos de nuestro más elegante atavío? ¿Qué quedara del arcano telar en donde se amaron por vez primera todos los cantos y todas las lenguas en la impía noche en que la luna nos embriago de su nostalgia? ¿Qué quedara del tierno oficio del adobe con el que los prístinos hijos de la lumbre y el maíz erigieron al gran faro incandescente, esfinge de todos los presentimientos mortuorios? ¿Qué quedara de la orfebre magnánima, vientre iracundo del que irrumpen todos los milagros, matriarca que lo abunda y lo sublima todo? ¿Qué quedara cuando el maldito hedor de la codicia lo contamine todo y nos arruine a todos, devastados, hambrientos y solemnemente solitarios?