Domingo
por la tarde y la turbia ausencia de delirio de estampía se tiñe con el gris
rostro de un dios ya sin templo y sin silencio. Látigo de las voces
inmemoriales, estrépito de las revanchas creídas muertas, gran orquesta que lo
extingue todo. Uno recupera su alma débil, bastarda, hambrienta solo bajo el
violento encuentro, colérico, implacable de la primigenia agua bendita, no son
gotas las que caen, son lágrimas, dagas para arrancarse los disfraces, secretos
de las vidas viejas que no dejan de reencarnarnos. Este es el plomo de las
deidades, el plomo del néctar de nuestros huesos, el plomo de la primavera, el
plomo de la víspera a la cosecha, el plomo de la mirada interna, el plomo.
Tomémonos de los miedos y las urgencias y santigüemos al albo río que erguido
sobre el cielo nublado invoca el eco de los auténticas angustias, de la
intolerable miseria de nuestras raíces roídas. Bañémonos en este álgido festín
de centellas y gatillos, y resurjamos…