Algo de interesante tuvo este desafortunado intento de buscarme una
nueva (y ya necesaria) dosis de mate allá por la ostentosa Angelópolis:
Caminando por el recién remodelado Liverpool (que es justo donde consigo más
barata la yerba) me topo con su despampanante sección de electrónica; ¿Cómo empezar
a describir semejante atropello a los sentidos? ¿Tan desconcertante
parafernalia al consumo? La sensación de abrumo me sobrecoge de inmediato pues
apenas doy crédito del montón de artículos que desafían cualquier relato de
ciencia ficción. Pantallas del tamaño la ventana de mi casa, televisores como
cascos de motocicleta, mercancías que median entre desempeños funcionales y
pretensiones de status, y el caso más desorbitante, una pequeña niña de escasos
ocho años editando con maestría una imagen en que se yo que programa de
fotografía sobre una computadora Mac de prácticamente su tamaño. ¿Cuándo fue
que paso esto? ¿En qué momento la tecnología alcanzó estas dimensiones? Y sobre
todo, ¿Con qué permiso se apropió de nuestra capacidad de imaginar? Porque con
cada paso que daba había algo me quedaba más claro. Ahí nadie estaba imaginando
nada. Todo estaba dicho. Atendíamos embelesados el elocuente discurso de lo
excepcional, de lo prodigioso, de lo excelso. Los veinte metros cuadrados del
lugar fungían como un sofisticado centro de adoctrinamiento y, como cualquier
otro centro de este tipo (iglesia, sistema escolar industrial, ejército, etc.),
la imaginación estaba estrictamente prohibida. ¡Qué descaro que alguien pensara
libremente! ¡Si aquí ofrecemos todos los saberes digeridos y hasta estilizados!
(con el único inconveniente de la etiqueta del precio). Nadie hablaba pues con
su propia voz, todos hablaban desde la voz impuesta que entre fascinación y asombro
hacía decantar la miseria, primero, del reconocimiento de nuestra ignorancia acerca
de la razón de estos artículos, y por tanto, siguiendo la premisa de que estas
mercancías son necesarias para detentar el status social ansiado,
reconocimiento de nuestra condición de dependencia; y segundo, de la inviabilidad
obvia por acceder a todos estos productos. La gravedad de semejantes hechos no
hacía más que potenciarse al volver la vista otra vez a esta pequeñita que frente a
la computadora jugaba a escapar de su mundo (cuando en cambio, me parece, era
devorada y domesticada, por él).