"...¿De donde un pueblo entero se aprieta la barriga
porque sí?
¿De que raíz de rencor,
de cuanta injuria,
de cuanta revancha detenida,
de cuantos sueños postergados
surge la fuerza hoy?
..."

Jaime Sabines

7.06.2013

Meditaciones 2: Crisis de la imaginación y departamento de electrónica

Algo de interesante tuvo este desafortunado intento de buscarme una nueva (y ya necesaria) dosis de mate allá por la ostentosa Angelópolis: Caminando por el recién remodelado Liverpool (que es justo donde consigo más barata la yerba) me topo con su despampanante sección de electrónica; ¿Cómo empezar a describir semejante atropello a los sentidos? ¿Tan desconcertante parafernalia al consumo? La sensación de abrumo me sobrecoge de inmediato pues apenas doy crédito del montón de artículos que desafían cualquier relato de ciencia ficción. Pantallas del tamaño la ventana de mi casa, televisores como cascos de motocicleta, mercancías que median entre desempeños funcionales y pretensiones de status, y el caso más desorbitante, una pequeña niña de escasos ocho años editando con maestría una imagen en que se yo que programa de fotografía sobre una computadora Mac de prácticamente su tamaño. ¿Cuándo fue que paso esto? ¿En qué momento la tecnología alcanzó estas dimensiones? Y sobre todo, ¿Con qué permiso se apropió de nuestra capacidad de imaginar? Porque con cada paso que daba había algo me quedaba más claro. Ahí nadie estaba imaginando nada. Todo estaba dicho. Atendíamos embelesados el elocuente discurso de lo excepcional, de lo prodigioso, de lo excelso. Los veinte metros cuadrados del lugar fungían como un sofisticado centro de adoctrinamiento y, como cualquier otro centro de este tipo (iglesia, sistema escolar industrial, ejército, etc.), la imaginación estaba estrictamente prohibida. ¡Qué descaro que alguien pensara libremente! ¡Si aquí ofrecemos todos los saberes digeridos y hasta estilizados! (con el único inconveniente de la etiqueta del precio). Nadie hablaba pues con su propia voz, todos hablaban desde la voz impuesta que entre fascinación y asombro hacía decantar la miseria, primero, del reconocimiento de nuestra ignorancia acerca de la razón de estos artículos, y por tanto, siguiendo la premisa de que estas mercancías son necesarias para detentar el status social ansiado, reconocimiento de nuestra condición de dependencia; y segundo, de la inviabilidad obvia por acceder a todos estos productos. La gravedad de semejantes hechos no hacía más que potenciarse al volver la vista otra vez a esta pequeñita que frente a la computadora jugaba a escapar de su mundo (cuando en cambio, me parece, era devorada y domesticada, por él).