He
muerto tantas veces.
Aquí,
acuartelado entre jazmines y despedidas.
He
sido del silencio y de la oscura mueca de la soledad sin sueño.
¿Cómo
salvarme de tus pupilas encendidas, de tu cálido humo de cuchilla silvestre, de
tus pasiones carcomiéndome el sigilo? De pronto amar te priva de toda centella,
de todo inútil aleccionamiento, dejándote las vísceras hervidas, amargándose como
espejos rotos dejados al juicio del temporal.
Como
si para curarme de ti me bastaran los orgullos, las hemorragias, los venenos de
filosofía.
Como
si no me persiguieran los ojos cerrados que susurran tus besos de montaña.
Como
si de verdad existieran ganas de escapar de ti y andar el viento sin el alivio
de tus corazonadas.
Como
si hubieran tropiezos inacabados, como si hubieran suficientes espinas.
Las
paredes se achican y se agrandan mientras te pienso, responden a los gemidos
que suda tu ausencia apenas dicha. Faltaría que vinieran a mí a colocarme nombres
de espejismo, de cáliz agrietado, de perfidia con aroma a sándalo. Que me
ahogaran con síndromes de desierto y que me dejaran flotando con el río.
No
tengo miedo a morirme.
Venimos
a la vida a morir,
cada
día, en cada hora, en cada pulso.
Pero
da la maldita casualidad que duele.
Que
se siente como un frío que te cruza en dos el esqueleto,
que
se siente como un látigo que me deshace de letra en letra el compás,
que
se siente como un hueco bien hondo que te clama y al que no le queda más que consolarse
con su propio vomito.
Lo
que olía a dulce precipicio silvestre ahora apesta a gas y marea muerta.
Lo
que antes era cantado con desdén ahora se reza con mordazas y lágrimas viejas.
Es
falso, lo que antes era es todavía.
Las
hecatombes de ayer son las mismas que me acuartelan hoy, que me abrasan.
El
insomnio es el mismo, la certeza de saberme solo a la luz de tus mejillas.
El
azoro, la lengua que sangra, el tejido, la espuma, la pérdida absoluta de
decoro.
Hoy
nomas es distinta la muerte,
que
está insufrible,
porque
te quiero, te quiero, te quiero.