Urge
cambiar la vida que nos mata,
la
vida que nos mutila la ternura
con
todo y sus dulcísimas auroras,
la
vida mustia, la vida descalabrada,
la
vida que añora el purgante festín
de
la conciencia indómita y del amor desnudo,
inmune
a los cancerígenos embates de la codicia
y
otros abyectos quirófanos de profusa herrumbre.
La
vida aferrada al corrosivo idilio,
de
vocación alienante y hado suicida, de la plétora,
que
fustiga entre diatribas y espejismos,
la
paz en que descansan nuestras luciérnagas.
La
vida velorio, la vida hojarasca
de
los diáfanos abrazos y los puños solidarios,
la
vida de la piedad plástica,
de
la comuna endeble y desprestigiada,
de
la retórica fluctuante de los laureles,
paliativo
predilecto para los suspiros de alto voltaje.
La
vida hecha presa por los voraces huérfanos
toda
dispuesta a sus caprichos e insolencias,
cual
bestia de carga o arlequín desahuciado,
arrebatada
de todo calcio de dignidad,
de
toda huella de su polícroma estirpe.
Urge
cambiar la vida que calla, la vida que olvida,
la
vida colmada de primaveras en ayuno,
de
obuses ocultos bajo la lengua de la inercia,
de
libertades marchitas por abuso de carmín.
La
vida mancebía, la vida ebria de plomo,
la
vida valuada, cotizada, vida mercancía,
forrada
entre hilvanes y caries de patente,
medio
muerta, con toda la ironía contigua,
con
el firmamento sangrando ensalmos,
con
celadores contagiando la lepra de los antifaces,
Urge
recuperar la vida salerosa, de alas impávidas,
antorcha
del amor prístino, plaza de toda la gente.
Urge
recuperar la vida patria, la vida puente,
la
vida que andando canta, y vence.