"...¿De donde un pueblo entero se aprieta la barriga
porque sí?
¿De que raíz de rencor,
de cuanta injuria,
de cuanta revancha detenida,
de cuantos sueños postergados
surge la fuerza hoy?
..."

Jaime Sabines

10.16.2011

Urge


Urge cambiar la vida que nos mata,
la vida que nos mutila la ternura
con todo y sus dulcísimas auroras,
la vida mustia, la vida descalabrada,
la vida que añora el purgante festín
de la conciencia indómita y del amor desnudo,
inmune a los cancerígenos embates de la codicia 
y otros abyectos quirófanos de profusa herrumbre.
La vida aferrada al corrosivo idilio,
de vocación alienante y hado suicida, de la plétora,
que fustiga entre diatribas y espejismos,
la paz en que descansan nuestras luciérnagas.
La vida velorio, la vida hojarasca
de los diáfanos abrazos y los puños solidarios,
la vida de la piedad plástica,
de la comuna endeble y desprestigiada,
de la retórica fluctuante de los laureles,
paliativo predilecto para los suspiros de alto voltaje.
La vida hecha presa por los voraces huérfanos
toda dispuesta a sus caprichos e insolencias,
cual bestia de carga o arlequín desahuciado,
arrebatada de todo calcio de dignidad,
de toda huella de su polícroma estirpe.
Urge cambiar la vida que calla, la vida que olvida,
la vida colmada de primaveras en ayuno,
de obuses ocultos bajo la lengua de la inercia,
de libertades marchitas por abuso de carmín.
La vida mancebía, la vida ebria de plomo,
la vida valuada, cotizada, vida mercancía,
forrada entre hilvanes y caries de patente,
medio muerta, con toda la ironía contigua,
con el firmamento sangrando ensalmos,  
con celadores contagiando la lepra de los antifaces,
Urge recuperar la vida salerosa, de alas impávidas,
antorcha del amor prístino, plaza de toda la gente.
Urge recuperar la vida patria, la vida puente,
la vida que andando canta, y vence.

10.09.2011

Estas pretensiones

Estas pretensiones me están matando,
este rastro de trompo irresoluto y timón sin filo,
esta ceguera andrajosa con signo de lingüista,
de topo amedrentado por el vaho del rocío,
de adusto efebo atormentado por las verjas de su propio acecho,
de poeta exiliado de los fecundos prados del romance y la melancolía.

Estas pretensiones, grietas mártires del tóxico escarnio,
que hacen callar con su rumor verdugo el lascivo canto del aguacero,
que sofocan mi euforia con la misma sílice con que despabilan mis alardes,
que van cubriendo con mezquina  celeridad de langosta
el instinto que todavía saborea las constelaciones y los epítomes.

Éstas, que tras su paso legan una alfombra de vientres marchitos,
un fétido efluvio que enerva los fatuos oropeles,
una niebla intrusa que vierte escalofríos sobre la plegaria del laúd,
una insípida letanía exigua del vestigio de los relicarios,
un réquiem anónimo de bélica cadencia que va tejiendo en cada nota,
en cada amargo anzuelo, en cada fábula inmolada,
el reflejo de la sórdida mudanza de zodiaco.

Bullentes de un cinismo crónico merodean, transgreden y se evaporan,
hurtan de paso el perfume misericordioso del orondo cenit lunar
con todos sus ebúrneos conjuros y sus bohemios feligreses.
Y mientras yo, que me voy quedando maltrecho, despoblado,
engullido por una plaga insomne de soledades poliédricas,
expertas en el desahucio de espléndidas orgías anfibias
y otros distritos cómplices de incólume conciencia de labriego.

Habrán de forrar de violácea ceniza el bálsamo heredado por el trino de la mandolina en-garzada 
estas pretensiones méndigas, devotas del almagre grabado en el cuerno del purgatorio,
a menos que testifique en contra del esbirro anclado en el magro vaivén de mi saliva,
y encuentre abrigo en la cítrica compañía de un corazón flotante.