Estas
pretensiones me están matando,
este
rastro de trompo irresoluto y timón sin filo,
esta
ceguera andrajosa con signo de lingüista,
de
topo amedrentado por el vaho del rocío,
de
adusto efebo atormentado por las verjas de su propio acecho,
de
poeta exiliado de los fecundos prados del romance y la melancolía.
Estas
pretensiones, grietas mártires del tóxico escarnio,
que
hacen callar con su rumor verdugo el lascivo canto del aguacero,
que
sofocan mi euforia con la misma sílice con que despabilan mis alardes,
que
van cubriendo con mezquina celeridad de
langosta
el
instinto que todavía saborea las constelaciones y los epítomes.
Éstas,
que tras su paso legan una alfombra de vientres marchitos,
un
fétido efluvio que enerva los fatuos oropeles,
una
niebla intrusa que vierte escalofríos sobre la plegaria del laúd,
una
insípida letanía exigua del vestigio de los relicarios,
un
réquiem anónimo de bélica cadencia que va tejiendo en cada nota,
en
cada amargo anzuelo, en cada fábula inmolada,
el
reflejo de la sórdida mudanza de zodiaco.
Bullentes
de un cinismo crónico merodean, transgreden y se evaporan,
hurtan
de paso el perfume misericordioso del orondo cenit lunar
con
todos sus ebúrneos conjuros y sus bohemios feligreses.
Y
mientras yo, que me voy quedando maltrecho, despoblado,
engullido
por una plaga insomne de soledades poliédricas,
expertas
en el desahucio de espléndidas orgías anfibias
y
otros distritos cómplices de incólume conciencia de labriego.
Habrán
de forrar de violácea ceniza el bálsamo heredado por el trino de la mandolina
en-garzada
estas
pretensiones méndigas, devotas del almagre grabado en el cuerno del purgatorio,
a
menos que testifique en contra del esbirro anclado en el magro vaivén de mi saliva,
y
encuentre abrigo en la cítrica compañía de un corazón flotante.
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