Me
queda tu verano prófugo con sus almacenes de eucalipto y sus puentes de cobre
repujado,
me
queda tu mirada alegre, de cáliz y serpiente ultramarina, de ojos soleados, de
cuarzo,
me
queda el murmullo de tus rizos en pleno cotejo de idiomas y acuarelas,
me
quedan tus síntomas de prismático, tu enfermedad de abandono y jardín botánico,
tu veneno calvo y pedagogo,
me
quedan tus misterios de entrelineas, tu romance de ropero, de chamán, de herida
de hierba, soga de azufre,
me
quedan tus sueños orfebres, tus días de roja y amatista, tus edades de volcán o
ligera de muelles, tus flechas más plenas, tus resabios de cronista.
No
me malentiendas.
Sé
que te fuiste,
que
te disolvió el viento o alguna demora de vitrina,
que
te recluto el prestigio, la corte de satín y pastorela,
que
partiste en la hora más ancha del método,
en
el año más endeble, en el segundo más austero,
en
la milla más álgida, en el centímetro más estrecho.
Sé.
Y
sin embargo aquí me quedas con tu línea de fuego apuntando al duro sello de mis
anclas,
me
quedas con tu lujuria de niebla, de libélula viuda, de arrozal tendido sobre la
piel madura del diván.
me
quedas con tu maldad ferrosa, de arpón gregario perfumado por el vértigo de las
tardes de lluvia,
me
quedas siempre con tu acertijo incendiario, quizás renga nostalgia de coníferas
o amor de verdad interoceánico.