No se trata solo de una muchedumbre de estudiantes
marchando entre un clamor de cambio, se trata del eco ingobernable de un pasado
en deuda de dictamen, del verbo de un pueblo engullido por las fauces del
escarnio, pródigo en su amanecer escribano resuelto a firmar su propia senda.
Se trata de la encomienda que bulle desde el corazón de la cuna ensangrentada, patria del légamo y los sauces de donde irrumpen las justas trincheras de arrabal.
Se trata del perdigón en que se cimienta el auténtico lábaro de la conciencia erguida, huella de atlantes y coronas de laurel.
Se trata del preámbulo de un novísimo alfabeto que al fin destierre de los campos de cultivo los vocablos de codicia y de terror que mucho tiempo han reinado sobre el festín de la experiencia humana.
Se trata de la adarga urdida desde el agravio con que se han profanado los misterios de nuestras serranías, el lozano lenguaje de nuestros arroyos y remansos, el célebre hechizo de los bosques de ciprés.
Se trata del profuso relato de crisálidas que niega incólume toda existencia de murallas y confines que osen ceñir su moraleja de libertad y buenas dudas.
Se trata del alfanje que empuña el custodio de la historia, piedra inaugural de la derrota del circo de tinieblas que entre mordazas de arrogancia y licores turbios embalsama el porvenir de la esperanza.
Se trata de una fábula peregrina que viaja así en el tizón de la protesta como en el tacto de cualquier joven camarada que decida plasmar su fértil ímpetu en el algún rincón del nuevo oleaje (y ojo que la juventud poco tiene que ver con los años, se presenta siempre como un romance de vehemencia, un fragor de huerta virgen, una insolencia de placar).
Se trata del último acorde del último invierno del último hombre que aposto su gloria en el culto de electros y linajes y olvido por siempre el milagro del amar.
Se trata de ciento treinta y dos consignas, ciento treinta y dos rebatos que se multiplican con cada letargo interrumpido, con cada puño levantado y que fundan, semillas todas del más elocuente registro de brújulas y cuadrantes, el albor de un territorio floreciente en que hablemos todos sin oprobios ni reproches defendiendo juntos un último bastión: ¡Nunca más!
Se trata de la encomienda que bulle desde el corazón de la cuna ensangrentada, patria del légamo y los sauces de donde irrumpen las justas trincheras de arrabal.
Se trata del perdigón en que se cimienta el auténtico lábaro de la conciencia erguida, huella de atlantes y coronas de laurel.
Se trata del preámbulo de un novísimo alfabeto que al fin destierre de los campos de cultivo los vocablos de codicia y de terror que mucho tiempo han reinado sobre el festín de la experiencia humana.
Se trata de la adarga urdida desde el agravio con que se han profanado los misterios de nuestras serranías, el lozano lenguaje de nuestros arroyos y remansos, el célebre hechizo de los bosques de ciprés.
Se trata del profuso relato de crisálidas que niega incólume toda existencia de murallas y confines que osen ceñir su moraleja de libertad y buenas dudas.
Se trata del alfanje que empuña el custodio de la historia, piedra inaugural de la derrota del circo de tinieblas que entre mordazas de arrogancia y licores turbios embalsama el porvenir de la esperanza.
Se trata de una fábula peregrina que viaja así en el tizón de la protesta como en el tacto de cualquier joven camarada que decida plasmar su fértil ímpetu en el algún rincón del nuevo oleaje (y ojo que la juventud poco tiene que ver con los años, se presenta siempre como un romance de vehemencia, un fragor de huerta virgen, una insolencia de placar).
Se trata del último acorde del último invierno del último hombre que aposto su gloria en el culto de electros y linajes y olvido por siempre el milagro del amar.
Se trata de ciento treinta y dos consignas, ciento treinta y dos rebatos que se multiplican con cada letargo interrumpido, con cada puño levantado y que fundan, semillas todas del más elocuente registro de brújulas y cuadrantes, el albor de un territorio floreciente en que hablemos todos sin oprobios ni reproches defendiendo juntos un último bastión: ¡Nunca más!