Dicen
bien que el tiempo es relativo, depende del pincel del que uno hable, del filo
de la angustia, del rezago de romance y hasta de alguna dosis de luna en
plétora. Hace un año, por ejemplo, pise por primera vez suelo uruguayo (quizá el
segundo, el quinceavo, el octogésimo encuentro mientras presumo la existencia
de otras vidas) y bien podría decirse ha pasado mucho más que el fútil recuento
de trescientos sesenta y cinco amaneceres. Podría decir pasó un suspiro, el
tiempo en que una lágrima limpia una herida, o también podría decir pasó un siglo
de desnudeces encarnizadas, o lo que dura un motín a la propia conmiseración,
que viene siendo más o menos lo mismo. Podría decir pasó un paso, un saltito
nomas; y podría decirse pasó un universo entero, con todo y su repique de
galaxias, horóscopos y monumentales vacíos. Podría decir pasó un sepulcro y
hasta a las lombrices les dio tiempo de edificar metrópolis. Y podría decir
pasó un estrépito y no hubo espacio ni para incendiarse algún oprobio. Bien
podría decir pasó un poemota, de esos que entre elegías y anatemas le van
tejiendo a uno la barba o bien decir pasó un poemita y con él sus sílabas siempre
disolutas, habituadas a preñar insomnios y otros delitos. Y ya no digamos la
cantidad de versiones de uno mismo que han venido a dar la cara en este año más
o menos largo, más o menos terso, más o menos cuerdo. El turista enamorado de
Ciudad Vieja, el rotulador de paroxismos en la rambla, el del desvelo corajudo
y entre amigos, el del carajo me duele la templanza (que no es más que una
gargantada a préstamo), el del compartir el mate y de paso sus dotes de
quijote, de azotea, de paciencia cómplice, el sobreviviente de dos inviernos
digamos fronterizos, el asceta de las tardes en el Rodó y con torta frita, el
adoptado, el militante, el descosido. No. No se puede intermediar con un año
esta certeza que soy de aquella tromba que fui. Habría que agregar la docena de
versos que echaron raíz en mis encías, los vértigos que me cinceló el jardín
botánico, los besos con que la noche me vino a recordar mi ingratitud tan
ciega, los alientos que recobré mirando el sol caer, los tragos de vino que
supieron sincerarme el horizonte, las instintos endémicos me refiero a la
voluntad de encarar el futuro sin más apremio que nuestra sed de amar. Y así
apenas se logra vislumbrar esta entrañable noción de longitud, de distancia
entre un estallido que fue y uno que está siendo, así, jubiloso, misceláneo,
esperanzado a contra de los reparos y los escepticismos, enemigo de prorrogas y
abstemios, tanguero, fraterno de los exiliados de albedrío, bullente como
bullente es la primavera, Zitarroza y claro está, la rebeldía. Me sirven mejor
es evidente los ecos para medir este espacio tiernamente indescifrable, lo
demás supongo es redundar, vestir alguna aureola por pura novedad, sacudirse alguna
metafísica clavada en los zapatos. Me sirve su voz, es cierto, para ahuyentar
cualquier brote de mutismo en pleitesía, para seguir adelante, ya no pensando
en esta distancia que nos aparta, irrefrenable, sino en la otra, la de la cita
próxima que esa sí se va acortando…
"...¿De donde un pueblo entero se aprieta la barriga
porque sí?
¿De que raíz de rencor,
de cuanta injuria,
de cuanta revancha detenida,
de cuantos sueños postergados
surge la fuerza hoy?..."
Jaime Sabines
porque sí?
¿De que raíz de rencor,
de cuanta injuria,
de cuanta revancha detenida,
de cuantos sueños postergados
surge la fuerza hoy?..."
Jaime Sabines
1.31.2013
1.20.2013
Una eternidad
¿Qué
es la eternidad sino una multitud de instantes?... Acertijos que le interrogan
a uno la conciencia en noches consagradas a la disección de ausencias (como
esta). Pienso. Convengo. Que absurdo es declarar entonces el amor eterno, ¿cierto?
Así como así, de tajo y a manera de escritura. Habría que elegir mejor amarnos
en cada instante, en cada zozobra, en cada desvelo, en cada alud, en cada
atisbo, en cada derroche, en cada arrebato, en todos y cada uno de los
intrépidos momentos de elección que torpedean nuestra existencia… Y así, de
instante en instante, pasito a pasito, ir eligiendo nuestra propia y muy
robusta eternidad.
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