resucitar
nuestras fiebres mordaces
entre
tempestades fugitivas, lunas de insomnio, debemos.
crisparnos los
hábitos y la inocencia debemos,
contemplar
fundidos el abrazo agonizante de las estaciones
debemos.
Envidiarnos
mutuamente,
manjar y
bestiario en vuelo,
desde el
sortilegio de la blanca aurora,
con sus
cauces, sus senderos,
hasta la
caldera fulgurante del sepulcro,
zaguán para
desnudarse las angustias,
estupor de
todos los proverbios.
Debemos
silenciarnos meticulosamente los oprobios,
cárceles
ventrílocuas, coreografía del suicidio gélido,
para hacer
sonar, a notas de azahar y versos de azufre,
el voluptuoso
merengue del sudor rabioso,
pródiga y
cadente elegía, sed de todos los golfos.
Caldear el
néctar favorito de los impíos y mareas de pólvora.
Ese, que te
planta en el intestino una autarquía de cosmonautas exorcizados.
Ese, que te
instala en la entrepierna y la memoria el terremoto balsámico
de las
resurrecciones (y otras modestas alquimias).
Ese, vértigo
agnóstico, rufián del cuarto ocaso,
admonición
antigua y siempre súbito relámpago,
guarida de los dulces
entreveros, licor de hienas,
muerte templada en la
gentil ronda del gremio de anticuarios,
síncope de veras crónico,
de veras estigma.
Debemos mordernos (¡que
prodigio!) las inhóspitas, a veces célibes, pupilas,
y hacernos infusión con
los trocitos que nos guarden las amalgamas y los preludios
para de una buena vez
mandar al diablo el santo credo de los pavorreales
(y otros canónicos intestinos).
Querida, debemos culminar,
que insolencias escribo, ¡culminemos!
el acto profético de las
morales fundidas en oleos de borrasca,
vergel que maldice
cualquier arrebato piadoso
y que celebra por igual la
insurgencia de locomotoras y obsidianas.
Vámonos de pesca juntos,
tu y yo y ese hartazgo que moldea nuestros celos,
démonos sin telones, sin reductos
bajo el amparo de la cítara noctámbula,
a héjiras, a espasmos, a
fragores bulliciosos, a amores cimbrados,
sexo lúdico, ladino,
sexo terco, debes, debo, debemos…
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