y trasnocharon las voluminosas urbes,
y todas las maldiciones nos sirvieron de
florero,
y los labios tuvieron sed de herejía y
agua dulce,
y la incuria fue exiliada tras el cantar
de los romeros,
y las leyes palidecieron al instante de
rencor asmático
a fuerza de un férreo trance de arterias
recién versadas,
y bañamos nuestras sienes en el asalto
de un eco arrítmico,
en el arribo de una ventolera tan íntima
como desfachatada,
y Dios nos miró alegremente,
y fundimos cristal con mirra y muerte,
y un eclipse envidio nuestros bochornos.
el desdén con que abolimos sus oprobios,
y sin pedirlo triunfamos abundantes de
fe y desquicio,
y hubo avalancha de requintos y otros espiches
variopintos,
y dejaron de sobrarnos los temores y
vigilias,
y me acomode debajo de tu piel y te
acomodaste debajo de mi risa
y nos
encontramos…
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