Preciso
compañera de viaje, de luna licántropa, de morada ecuestre, de bolsillo, dispuesta
a lo largo de la bóveda de estrellas reconciliadas, de altercados con el mármol
y el ajuste de divisas, de aplausos sin astillas y senos con frenos largamente
extraviados. Compinche de unicornios y otros dulces anestesistas, fiel amiga de
los encinos y de su conteo taciturno de témpanos y atabales, traviesa de
porcelana y del esparto que ciñe la marcha de las sílabas. Entreverada pesadilla
de combustión espontanea. Compañera de nudillos tostados en el añejo fuego de
la semana santa, de ojerosas estampidas, de anchos puentes de amaranto, de besos
sin fe de erratas y claro, de aquella incólume defensa al limonero. Compañera
del caucho y los silencios de ensenada, de herida urdida en el concilio de los
tuertos, de la terma iracunda oculta a media cuadra, del grillo pastor y de su
andar vilano, león al vuelo. Compañera de molino y té de menta, de breviario en
fuga y lengua de trópico en el equipaje, de feria de domingo y lunes de huesos
sin vendaje, de la nave pérgola ataviada en los jardines de jazmín. Compañera
de estrofa criolla y del broquel palpitante del barro más artero. Compañera y
halo de plata recorriendo la mugre trampa del ensueño, compañera y espuma de
ágata tiñendo el necio guión del humedal. Preciso compañera y tromba, compañera
y templo, para enfrentar juntos la rúbea esquirla y así su pelotón de hijos
templarios y culminar el trote entre sus cálidos muelles de carmín.
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