"...¿De donde un pueblo entero se aprieta la barriga
porque sí?
¿De que raíz de rencor,
de cuanta injuria,
de cuanta revancha detenida,
de cuantos sueños postergados
surge la fuerza hoy?
..."

Jaime Sabines

5.29.2013

Meditaciones 1

Bastan algunos minutos de atención al espectáculo para tener en claro lo difícil que es eludir la certeza de que el cirq du solei es hoy por hoy una de las expresiones artísticas más sofisticadas e impresionantes de nuestra época. La magnificencia de sus actos deja atónito a cualquiera; sumergida en un síncope de asombro y embeleso nuestra conciencia advierte al circo reinventado, puesto a prueba, elevado a la categoría de arte magistral. Sin embargo, no puedo evitar pensar que el circo de sol inspira muchas más emociones (y reflexiones) que el simple, que no menor, éxtasis del pasmo. Y es que no podemos rehuir de un hecho incontrovertible: en el escenario hay, por supuesto, verdaderos especialistas en cada una de sus faenas; contorsionistas, acróbatas, equilibristas retadores de las leyes de la física forjados, seguramente, desde sus más imberbes años; y sin embargo aún seres humanos, como cualquiera de nosotros, sujetos, al menos en principio natural, a las mismas limitantes físicas y psicológicas, a las mismas contradicciones y a las mismas epifanías. Este reconocimiento de lo humano en el espectáculo dispara de inmediato dos reflexiones dignas de ser tomadas en cuenta: En primera instancia, la afirmación se planta como un reclamo al propio ejercicio de nuestra condición humana, una interpelación a nuestra cotidianeidad en tanto mutilación a ultranza de la plétora humana. Un par de preguntas se hacen inminentes: ¿Qué sucedió en mí que, remoto ya a esa maestría (es de insistir, humana) del cirq du solei, me dejó tan inflexible, tan baldío? ¿Cuál es la fragua desde donde he (y hemos) estado formando el material de nuestros condiciones y nuestras posibilidades? Un angustiado escalofrío me recorre al considerar la escaza casualidad de un presente como esté, previsto, pérfidamente planeado en ánimo de convertir la cornucopia de las humanas posibilidades en meros engranes desahuciados con el único objetivo de perpetuar una barbarie. Segundo tiempo. Hemos caído en la cuenta de que lo que nos comparte el cirq du solei es, más allá de un show fantástico de tintes casi inverosímiles, una exploración de las fronteras humanas. No poca cosa. Sin embargo vendría a bien preguntarse si esta es la primera y única ocasión en que nuestra especie ha alcanzado límites tan eminentes, es decir, si ha sido solo bajo el cobijo de la civilización vigente (occidental, capitalista, globalizada, eurocéntrica, etc.) que tales expresiones han podido ser materializadas, o si en  cambio lo único que hemos logrado hoy es mercantilizar, porque no olvidemos que para disfrutar al circo del sol uno tiene que desembolsar una cantidad nada despreciable de efectivo, la excelsitud de la condición humana. Se nos plantan, de nuevo, como vértigos sediciosos, un par de preguntas: ¿Habrá pasado allá, en algún otro confín de la historia que desde la alteridad de los “otros” pueblos se haya descubierto el arte que mana las posibilidades humanas, ya no a partir del motor del capital sino, tal vez, desde el cálido refugio de la fe o el pulsante fulgor de la curiosidad humana? ¿En realidad seremos los primeros contorsionistas, acróbatas, equilibristas retadores de las leyes de la física que alcanzan a pisar este mundo delirante o seremos en cambio la herencia de una larga tradición que optó, para vilipendio de la memoria de los tiempos, por capitalizar aquello que fue dado para explorar lo más hondo de su condición de ser? Nadie ha dicho que responder aquello sea tarea sencilla, menos aún agradable, pero me atrevo a decir que son cuestionamientos que serviría poner sobre nuestras mesas.  

5.23.2013

Desconocido


¿A quién pertenecen estas vísceras que hoy me incineran la paz, el vientre, el tierno orgullo que emana sólo de las lealtades apenas paridas?
¿A quién debo estos rencores primitivos que me dejan tan expuesto, tan equívocamente cercenado, tan mortal contra los murmullos de viejos fantasmas que me hostigan con su canto de neurosis y fechas de caducidad?
¿De dónde viene esta sensación de desamparo que me mantiene desvelado, acorazado, arruinado entre el bullicio de mi sangre y el asedio de mis banderas?

Y yo que había previsto la extinción de vientos tan iracundos. Había  también un muro sólido, cuidadosamente cimentado ente baldosas de optimismo y algunas rosas blancas. No amenazarían ni céfiros, ni titubeos ni madrugadas ahogadas en reparos. Pero heme aquí, con la brújula intoxicada de un veneno más mío que de cualquier otro pérfido ciclón.

¿A dónde apunto la bala de la náusea?
¿Habría de declararme pétreo, agreste, taciturno?
¿Habría de maldecir al néctar caliente del instinto, del refugio en carne cómplice?
¿Cómo compadezco a mi sombra entre tantas grietas y espinas?

La soledad es más fácil, brinda tregua, jode menos. Es cierto que encierra un festín de reproches pero al menos la cordura no corre riesgo de desahucio. Pareciera un buen lugar para templar la sangre. Acurrucarse junto a ella y dejar los anatemas para algún otro exiliado. Y sin embargo aquí estoy, atravesado por la enervante lujuria del insomnio, saltando de asfixia a lágrima y desdén, con un tifón acuartelado en la garganta y unas ganas enormes de desertar.

¿A dónde voy para encontrarme?