Bastan algunos minutos de
atención al espectáculo para tener en claro lo difícil que es eludir la certeza
de que el cirq du solei es hoy por hoy una de las expresiones artísticas más
sofisticadas e impresionantes de nuestra época. La magnificencia de sus actos
deja atónito a cualquiera; sumergida en un síncope de asombro y embeleso
nuestra conciencia advierte al circo reinventado, puesto a prueba, elevado a la
categoría de arte magistral. Sin embargo, no puedo evitar pensar que el circo
de sol inspira muchas más emociones (y reflexiones) que el simple, que no
menor, éxtasis del pasmo. Y es que no podemos rehuir de un hecho incontrovertible:
en el escenario hay, por supuesto, verdaderos especialistas en cada una de sus
faenas; contorsionistas, acróbatas, equilibristas retadores de las leyes de la
física forjados, seguramente, desde sus más imberbes años; y sin embargo aún seres
humanos, como cualquiera de nosotros, sujetos, al menos en principio natural, a
las mismas limitantes físicas y psicológicas, a las mismas contradicciones y a
las mismas epifanías. Este reconocimiento de lo humano en el espectáculo
dispara de inmediato dos reflexiones dignas de ser tomadas en cuenta: En
primera instancia, la afirmación se planta como un reclamo al propio ejercicio
de nuestra condición humana, una interpelación a nuestra cotidianeidad en tanto
mutilación a ultranza de la plétora humana. Un par de preguntas se hacen
inminentes: ¿Qué sucedió en mí que, remoto ya a esa maestría (es de insistir,
humana) del cirq du solei, me dejó tan inflexible, tan baldío? ¿Cuál es la
fragua desde donde he (y hemos) estado formando el material de nuestros
condiciones y nuestras posibilidades? Un angustiado escalofrío me recorre al
considerar la escaza casualidad de un presente como esté, previsto,
pérfidamente planeado en ánimo de convertir la cornucopia de las humanas
posibilidades en meros engranes desahuciados con el único objetivo de perpetuar
una barbarie. Segundo tiempo. Hemos caído en la cuenta de que lo que nos
comparte el cirq du solei es, más allá de un show fantástico de tintes casi
inverosímiles, una exploración de las fronteras humanas. No poca cosa. Sin
embargo vendría a bien preguntarse si esta es la primera y única ocasión en que
nuestra especie ha alcanzado límites tan eminentes, es decir, si ha sido solo
bajo el cobijo de la civilización vigente (occidental, capitalista,
globalizada, eurocéntrica, etc.) que tales expresiones han podido ser
materializadas, o si en cambio lo único
que hemos logrado hoy es mercantilizar, porque no olvidemos que para disfrutar
al circo del sol uno tiene que desembolsar una cantidad nada despreciable de
efectivo, la excelsitud de la condición humana. Se nos plantan, de nuevo, como
vértigos sediciosos, un par de preguntas: ¿Habrá pasado allá, en algún otro
confín de la historia que desde la alteridad de los “otros” pueblos se haya
descubierto el arte que mana las posibilidades humanas, ya no a partir del
motor del capital sino, tal vez, desde el cálido refugio de la fe o el pulsante
fulgor de la curiosidad humana? ¿En realidad seremos los primeros
contorsionistas, acróbatas, equilibristas retadores de las leyes de la física
que alcanzan a pisar este mundo delirante o seremos en cambio la herencia de
una larga tradición que optó, para vilipendio de la memoria de los tiempos, por
capitalizar aquello que fue dado para explorar lo más hondo de su condición de
ser? Nadie ha dicho que responder aquello sea tarea sencilla, menos aún
agradable, pero me atrevo a decir que son cuestionamientos que serviría poner
sobre nuestras mesas.
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