¿A quién pertenecen estas vísceras
que hoy me incineran la paz, el vientre, el tierno orgullo que emana sólo de las
lealtades apenas paridas?
¿A quién debo estos rencores
primitivos que me dejan tan expuesto, tan equívocamente cercenado, tan mortal
contra los murmullos de viejos fantasmas que me hostigan con su canto de
neurosis y fechas de caducidad?
¿De dónde viene esta sensación de
desamparo que me mantiene desvelado, acorazado, arruinado entre el bullicio de
mi sangre y el asedio de mis banderas?
Y yo que había previsto la
extinción de vientos tan iracundos. Había también un muro sólido, cuidadosamente
cimentado ente baldosas de optimismo y algunas rosas blancas. No amenazarían ni
céfiros, ni titubeos ni madrugadas ahogadas en reparos. Pero heme aquí, con la brújula
intoxicada de un veneno más mío que de cualquier otro pérfido ciclón.
¿A dónde apunto la bala de la náusea?
¿Habría de declararme pétreo, agreste,
taciturno?
¿Habría de maldecir al néctar caliente
del instinto, del refugio en carne cómplice?
¿Cómo compadezco a mi sombra
entre tantas grietas y espinas?
La soledad es más fácil, brinda tregua,
jode menos. Es cierto que encierra un festín de reproches pero al menos la
cordura no corre riesgo de desahucio. Pareciera un buen lugar para templar la
sangre. Acurrucarse junto a ella y dejar los anatemas para algún otro exiliado.
Y sin embargo aquí estoy, atravesado por la enervante lujuria del insomnio, saltando
de asfixia a lágrima y desdén, con un tifón acuartelado en la garganta y unas
ganas enormes de desertar.
¿A dónde voy para encontrarme?
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