Ven,
depón de mí todo dosel de mansedumbre,
devórame
con el filo de tu cadencia etérea,
ahógame
en la tibia oscuridad de tu ecuador rosáceo
y
celebremos juntos, entre arrobos y espasmos, la cálida obscenidad
que
mana del derrumbe de cárceles y ascetismos.
Guerréame
las certidumbres, las herejes ansias de cordura,
las
devociones al romance y otras sodomías con desdén de circo.
Has
de esta austeridad de relámpagos una ocasión para ardernos,
para
reconocernos desde nuestras más férreas malezas
y
así bebernos, profanos, desnudos, abiertos al temporal.
Sálvame
de los silencios que te pronuncian,
que
reclaman tu humedad para gemir la noche y sobrevivir,
Húndete
entre mis arterias, revélame tu instinto de tambores,
de
asfixia indomable, de dulce umbral de muerte.
No
me dejes nunca a la intemperie, merced del viento helado.
Necesito
de tus labios penetrándome hasta el alfabeto,
de
tu piel fértil de sincopes, abrumada de sudor y resurrecciones,
de
tu rabia inacabada con ganas de injuriar cualquier excusa,
de
tu néctar derramado sobre el relieve del placer.
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