"...¿De donde un pueblo entero se aprieta la barriga
porque sí?
¿De que raíz de rencor,
de cuanta injuria,
de cuanta revancha detenida,
de cuantos sueños postergados
surge la fuerza hoy?
..."

Jaime Sabines

4.27.2011

Mi pueblo


Yo soy de donde la tierra, como el canto, es fértil. En donde suenan los tambores rimbombantes, de donde el grillo compone para el concierto irresistible de los pinos por la madrugada y de donde la luna brilla como oráculo para ciertos poetas e inciertos fantasmas.

Yo soy de un valle que reniega de los convencionalismos de la física sospechosa. Soy de un lúbrico caleidoscopio; en donde las campanas replican con la solemnidad de un orgasmo.

Soy de donde las brisas de viento, a eso de las seis de la tarde, se hacen tus amantes y te toman del cuello y te arrastran definitivamente. Soy de algo así como la estela de un cometa que quedo cautivada hace tiempo por la voz nocturna de nuestros cerros en dialogo con las estrellas.

Yo soy de un pueblo que no se queda quieto, que va y viene como una gran galera de tripulación escandalosa por entre el océano que es el tiempo. De un lugar en donde las miradas buscan horas para reunirse en secreto y enamorarse un poco, o tal vez, o tan solo, contarse un cuento.

Soy de un valle que es como la huella de un gigante, o de un dios muy antiguo que lo piso por accidente sin darse cuenta que por ello la tierra quedo preñada de milagros dando a luz, mil veces, a hombres combativos e imbatibles y a gordas mazorcas infladas de cantos.

Yo soy de lo que bien podría ser un venado. Aquel animal magnifico, reflejo del ímpetu del bosque templado, con su alma noble y un árbol que crece incrustado en la frente. A mí me parece que en el silencio hablan el idioma de la niebla y del otoño, justo el idioma en que mi tierra le recita al aguacero.

Yo soy de donde el frio es benigno aunque a ratos nos queme los brazos. Lo digo porque el frio de mi pueblo es mi doctor favorito que cura heridas de tiempos febriles y amores descalzos. Soy también de donde la lluvia inunda los brotes de insomnio y los callejones antiguos, y entonces los campos se alborotan, los carrizales danzan con la ternura de un colmillo y seguro en alguna parte cobra vida un suspiro.

Soy de un lugar donde los pájaros son cómplices de los ladrillos. De donde uno no respira el café sino el café los respira a uno. De donde uno, aunque diminuto, tiene la trascendencia de un cenicero, de donde luciérnagas se asoman de entre la frente de los ancianos, de donde la dinamita es depositada cotidianamente en el estómago de las cántaros de barro, de donde la serenidad es sótano y el asombro candelabro. De donde no están consentidos los quebrantos.

Soy del más susceptible forúnculo del universo, de una dorsal geográfica más bien ambivalente, de la memoria indeleble, de una tierra atípica pero certera, del recóndito hueco de un mito intransigente, del susurro que quedo del primer himno, de la espiga que brota de un espasmo, de la iracunda lágrima de jade, de la espora seductora que emana de la pupila de un tintero, de la audiencia expectante al zénit lo mismo que a un casual encuentro de los cuerpos. Soy de un colapso indescifrable, ineludible, interminable.

Soy de aquel magnífico San Cristóbal, soy de mi San Cristóbal lindo.

4.19.2011

Romance

Romance en las tardes de frio,
en el amoroso sendero de las hormigas,
en la multitud de amapolas,
en los anteojos nublados,
en los escotes esquivos,
en los pasos cansados de abstinencia,
en la fumarola que expiden los sedantes.

Romance en la contemplación de las lechugas,
en el brindis atolondrado de los eufemismos,
en los puños inseminados de insignias,
en la volátil textura de las sombras,
en la impaciencia de los dedos,
en la urgencia de los tornasoles.

Romance circunscrito a la impasible longitud del universo,
romance de sirenas cantores de la Ilíada y las ambulancias,
romance atesorado en el bolsillo trasero de los pantalones.

Romance en las repisas,
en la filosofía de los boleros,
en los lirios políglotas,
en la ominosa ceremonia de las re-vueltas por el zócalo,
en las agujetas sin amarrar,
en la indiferencia ambulatoria (¡y contagiosa!)
a la solemnidad de nuestros destinos.

Romance en la rebelión a los pisapapeles,
en la migración acostumbrada de los profetas,
en la venta de rincones oscuros,
en los trucos de magia genéticamente heredados,
en mis uñas mugrientas,
en tus labios violentos,
en la infinita exquisitez del braille
y de los horóscopos fatalmente descalabrados.

Romance en las afinidades reprochables,
en los silencios que lo dicen todo,
en la imperturbabilidad de los sacrilegios,
en la impredecible convulsión de los fanatismos,
en el espasmo menospreciado del delirio,
en la feria de pueblo,
en la voluptuosidad de la biblioteca,
en las inseguridades y demás aberraciones cósmicas,
en mi lengua que te recorre toda,
en mi eco que te clama impertinente.

Romance siempre,
romance cualquiera,
romance en todas partes.

4.12.2011

Palabrería


Me dicen que debo aprender inglés para ser un globalista autorizado,

Me dicen que tengo que defender mi individualidad si quiero ser auténtico,

Me dicen que debo reconocer los logros insípidos de la administración pública en tiempos de lagartos insaciables si no quiero parecer anárquico,

Me dicen que escuchando a Haydn o contemplando a Cezzane uno logra, verdaderamente, ser un entendido de las bellas artes,

Me dicen que el instrumento perfecto para saber con exactitud en donde piso y conocer la mejor ruta para llegar a casa es un dispositivo llamado “GPS”,

Me dicen que las medidas de una mujer perfecta son “90-60-90”,

Me dicen que los físicos cuánticos han hecho el colosal descubrimiento de que nuestro universo existe y persiste a través de un cúmulo infinito de colisiones y enlaces de energía,

Me dicen que debo dejar de inventar cuentos con leche caliente y madera coloreada y debo empezar a dar discursos con estadísticas prejuiciosas y trajes apretados,

Me dicen que debo aprender a sobrellevar la amnesia si quiero ser considerado progresista,

Me dicen que la mujer delgada, virgen, obediente, artificial y reemplazable es el mejor partido para el matrimonio, 

Me dicen que los grandes sabios del pasado son (¡sin dudarlo!) Platón y Aristóteles,

Me dicen que las tarjetas de crédito y los planes de financiamiento son el mejor ejemplo de una vida proactiva,

Me dicen que tenemos razones de sobra para estar angustiados con esa novedosa capacidad del hombre para devastar a la madre tierra,

Me dicen que sin una alimentación que incluya una importante dotación de alimentos “light” la nutrición carece de mucho sentido,

Me dicen que los vagabundos son muchísimo más infelices que los oficinistas,

Me dicen que en estos tiempos, no hace falta leer libros empolvados de filosofía o de historia cuando a la mano ya hay libros de microfinanzas aplicadas o programación neurolingüística,

Me dicen que para empaparse de aplausos es preciso extraviarse por un tiempo de la solidaridad, de las transparencias y de la fogata a la luz de los proverbios.

 Me dicen que es mejor invocar a los testigos del pasado con lágrimas de nostalgia que con puños de urgencia,

Me dicen que la adulación de los orangutanes es mejor pasatiempo que la fabricación de flautas y estambres,

Me dicen que los niños crecen mejor entre armatostes de platicos costosísimos y dibujos animados de pedagogía sobreactuada que entre montones de tierra y montones de hormigas y montones de abrazos,

Me dicen que la tierra ensucia, que el vino enajena y que la esperanza se extingue,

Me dicen, y dicen y dicen y dicen. Y entonces, qué bueno que entre tanto ruido y tantas voces de engreídas intenciones, me haya dado por padecer de una sordera exquisita y compulsiva…

4.05.2011

Una mujer de anteojos


Cierto que no es la primera vez que me fulmina una mujer de anteojos, de hecho, desde hace más o menos un kilometro de onomatopeyas, eso se ha vuelto un fenómeno habitual, por no decir consuetudinario. 

Apenas una mujer de anteojos con no más que un gramo de dulzura cruza mi camino, mi cordura se me declara en huelga general a causa de las recientes condiciones de trabajos forzados y las comisuras en mi conciencia de los asteroides. No me queda entonces más remedio que ser presa de un sinnúmero de síndromes y, por supuesto, de un sinnúmero de ceniceros. 

Una mujer de anteojos es mal augurio para mis rodillas, mis costuras y mis sesiones de yoga. Basta un encuentro furtivo, una fugaz aparición indeleble para que mi juicio goce de la serenidad de una guacamaya, para que mis tartamudeos florezcan con la gracia de un carnicero. Para este punto las turbulencias me son tan familiares como me son las introspecciones absurdas y la compañía de los gatos. Estoy perdido, irremediablemente hundido en un pozo sin fondo.

Este “ángel” fetichizado me abandona en una suerte de estado de espanto incorregible al que es inútil proponer resistencia. Su capacidad para desapegarme de todas las adivinanzas y las obstinaciones es intolerable. Es un tumulto de reposiciones para secretos extraviados.

Me hipnotiza su semblante de intelectual, me enardece su visión defectuosa, me tiñe con su reflejo involuntario del sol. Soy instantáneamente una gotera de su caudal, un grillete para el trazado de mis huellas petulantes. 

¡Qué delicia y que delirio en estas efímeras persecuciones! ¡Qué maldición tan más gozosa en esta pérdida del recuento de mis credenciales! ¡Qué errante ternura la que siento por esta susceptibilidad mía a la belleza desdeñada de estas musas! Solo ahí encuentro el manantial para estas sonámbulas vertientes de tinta.

¡Me declaro en rebelión cataclísmica contra los lentes de contacto! ¡Larga vida a las mujeres con anteojos!