Yo soy de donde la tierra, como el canto, es fértil. En donde suenan los tambores rimbombantes, de donde el grillo compone para el concierto irresistible de los pinos por la madrugada y de donde la luna brilla como oráculo para ciertos poetas e inciertos fantasmas.
Yo soy de un valle que reniega de los convencionalismos de la física sospechosa. Soy de un lúbrico caleidoscopio; en donde las campanas replican con la solemnidad de un orgasmo.
Soy de donde las brisas de viento, a eso de las seis de la tarde, se hacen tus amantes y te toman del cuello y te arrastran definitivamente. Soy de algo así como la estela de un cometa que quedo cautivada hace tiempo por la voz nocturna de nuestros cerros en dialogo con las estrellas.
Yo soy de un pueblo que no se queda quieto, que va y viene como una gran galera de tripulación escandalosa por entre el océano que es el tiempo. De un lugar en donde las miradas buscan horas para reunirse en secreto y enamorarse un poco, o tal vez, o tan solo, contarse un cuento.
Soy de un valle que es como la huella de un gigante, o de un dios muy antiguo que lo piso por accidente sin darse cuenta que por ello la tierra quedo preñada de milagros dando a luz, mil veces, a hombres combativos e imbatibles y a gordas mazorcas infladas de cantos.
Yo soy de lo que bien podría ser un venado. Aquel animal magnifico, reflejo del ímpetu del bosque templado, con su alma noble y un árbol que crece incrustado en la frente. A mí me parece que en el silencio hablan el idioma de la niebla y del otoño, justo el idioma en que mi tierra le recita al aguacero.
Yo soy de donde el frio es benigno aunque a ratos nos queme los brazos. Lo digo porque el frio de mi pueblo es mi doctor favorito que cura heridas de tiempos febriles y amores descalzos. Soy también de donde la lluvia inunda los brotes de insomnio y los callejones antiguos, y entonces los campos se alborotan, los carrizales danzan con la ternura de un colmillo y seguro en alguna parte cobra vida un suspiro.
Soy de un lugar donde los pájaros son cómplices de los ladrillos. De donde uno no respira el café sino el café los respira a uno. De donde uno, aunque diminuto, tiene la trascendencia de un cenicero, de donde luciérnagas se asoman de entre la frente de los ancianos, de donde la dinamita es depositada cotidianamente en el estómago de las cántaros de barro, de donde la serenidad es sótano y el asombro candelabro. De donde no están consentidos los quebrantos.
Soy del más susceptible forúnculo del universo, de una dorsal geográfica más bien ambivalente, de la memoria indeleble, de una tierra atípica pero certera, del recóndito hueco de un mito intransigente, del susurro que quedo del primer himno, de la espiga que brota de un espasmo, de la iracunda lágrima de jade, de la espora seductora que emana de la pupila de un tintero, de la audiencia expectante al zénit lo mismo que a un casual encuentro de los cuerpos. Soy de un colapso indescifrable, ineludible, interminable.
Soy de aquel magnífico San Cristóbal, soy de mi San Cristóbal lindo.
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