"...¿De donde un pueblo entero se aprieta la barriga
porque sí?
¿De que raíz de rencor,
de cuanta injuria,
de cuanta revancha detenida,
de cuantos sueños postergados
surge la fuerza hoy?
..."

Jaime Sabines

6.28.2011

En los dias de lluvia


Algo sucede en mi cuarto en los días de lluvia, parece que San Cristóbal me invade. Corren entre la rendija de mi ventana céfiros que hicieron recuentro de historias recientes de la ciudad indeleble, del valle encantado.

Se deposita tiernamente sobre la atmosfera solitaria un rumor antiguo de sigilo, de danzón y de nostalgia. El impacto irremediable de cada gota dispara memorias extraviadas que invocan al tesoro del aroma de sus tejas empapadas y despiertan de súbito un tibio deseo por el consuelo de su catedral.

De entre los chubascos y los escalofríos se oye una melodía fundida a la marimba que le canta al insólito esplendor de sus atardeceres, a la embriaguez contenida en su júbilo nocturno, a la meditación inexorable que habita sus montañas y a la íntima piedad de su primer rayo de sol.

Tras el avance de los minutos las referencias son cada vez más constantes, cada vez más vibrantes y altisonantes. En el estrépito de cada trueno resuena la algazara de sus barrios, en el arrullo de la ventisca se envuelve la melancolía de sus esquinas.

El frio, con ironía, trasciende, transmuta y se nos muestra maternal, cual abrigo de tertulias olvidadas, abrigo para las penas y los temores, abrigo para los eclipses y los suicidios. Se hace sentir la visita de la niebla en un abrazo fulminante que te desmorona en mil gránulos de tierra fértil, excelente para germinar girasoles y epopeyas.

En la lluvia la soledad deja de ser un escándalo y se convierte en el mejor pretexto para restaurarnos de las amputaciones, para colapsar con nuestra sombra,  para renovar el matrimonio invisible que hicimos hace tiempo con el ponche y los encinos. La tormenta, colmada de vórtices astrales,  infunde, primero, un vértigo impredecible que recuerda las tardes de marzo en aquel turbulento andador poblado de devotos y cirqueros; y luego, una paz inexplorada, ceniza de antiquísimos idilios, que acobija con la misma dulzura con la que una pequeña tzotzil de traje multicolor se acerca para venderte un milagro.  

Para estas instancias es imposible dejar de sucumbir ante la tentación de una taza de café caliente, derramar una lágrima en simpatía de los cántaros, negarse a toda confesión innecesaria, sufrir un paro cardiaco por exceso de nostalgia y comenzar de nuevo, todo aquello embriagado con la certidumbre de que algún día, no muy tarde, estaré de regreso.

6.14.2011

Aparición próspera

¿Cómo podría ser este tipo turbulento y ebrio de amor que soy si no hubieras aparecido ahí, en la víspera clandestina del naufragio, para arremeter contra mis certidumbres y claustrofobias, para fastidiar a ineptos sortilegios de voluptuosa misantropía?... Y asomaste con el rastro de la luna menguante, para bendecirme con tus sospechas inmoladas, para arrebatarme de golpe el paraguas y bautizarme entre los fractales del aguacero con tibia melancolía de hereje, para dotarme de un par de alas magníficas, ansiosas de cortejar al ocaso y luego cambiarme entre hierbabuena el sobrenombre.

6.07.2011

Ana

Ana de los crímenes, de las distancias oceánicas,
de los velos furtivos, de los amaneceres indecisos,
de la sonrisa grabada en piedra para memoria de mis nietos.

Ana de la ruptura, de los arrepentimientos,
de la cortina de humo, de las ansias, del mordisco en los labios,
de los desórdenes gravitatorios, de la mudez insoportable,
de la bienvenida esperada desde antes que apareciera el mundo.

Ana de mis sueños turbios, de mis desquicios favoritos,
de mis terapias inconfesadas, inconfesables;
de mis mutaciones cada vez más consuetudinarias, de la probidad,
de lo inevitable, de lo indescifrable, de lo inoportuno.

Ana de mis cuestionamientos lunares, de mis versos por la madrugada,
de mi solemnidad hipócrita, de mi lujuria a oscuras.
de mis nuevos chamanes, del recuento de los daños,
del fracaso en la templanza del espíritu.

Ana de la emancipación, de las angustias,
de las reminiscencias shakespearianas, de los celos noctámbulos,
del vértigo, de los barrancos, de la flores silvestres,
del estómago como horma de zapatos,
del magnetismo como dictadura perfecta,
de mis otras vidas.

Ana del pecado, de la aberrante carga de las misas,
de la sed por la excomulgación,
de los reproches al destino, de la piel apartada,
de la tibia muerte que me recorre con tu aroma,
de los besos que duelen hasta en la última de mis cenizas.

Ana en la custodia de los diluvios,
en el cumplimiento exacto del deber,
en el libro abierto de las mitologías y los funerales.

Ana de las rendiciones, de las condolencias y de las resurrecciones,
de los juzgados moribundos, de las sentencias a créditos,
de este corazón amordazo que te clama y requiere
y, por supuesto, del bendito amor hijo de puta.