Algo sucede en mi cuarto en los días de lluvia, parece que San Cristóbal me invade. Corren entre la rendija de mi ventana céfiros que hicieron recuentro de historias recientes de la ciudad indeleble, del valle encantado.
Se deposita tiernamente sobre la atmosfera solitaria un rumor antiguo de sigilo, de danzón y de nostalgia. El impacto irremediable de cada gota dispara memorias extraviadas que invocan al tesoro del aroma de sus tejas empapadas y despiertan de súbito un tibio deseo por el consuelo de su catedral.
De entre los chubascos y los escalofríos se oye una melodía fundida a la marimba que le canta al insólito esplendor de sus atardeceres, a la embriaguez contenida en su júbilo nocturno, a la meditación inexorable que habita sus montañas y a la íntima piedad de su primer rayo de sol.
Tras el avance de los minutos las referencias son cada vez más constantes, cada vez más vibrantes y altisonantes. En el estrépito de cada trueno resuena la algazara de sus barrios, en el arrullo de la ventisca se envuelve la melancolía de sus esquinas.
El frio, con ironía, trasciende, transmuta y se nos muestra maternal, cual abrigo de tertulias olvidadas, abrigo para las penas y los temores, abrigo para los eclipses y los suicidios. Se hace sentir la visita de la niebla en un abrazo fulminante que te desmorona en mil gránulos de tierra fértil, excelente para germinar girasoles y epopeyas.
En la lluvia la soledad deja de ser un escándalo y se convierte en el mejor pretexto para restaurarnos de las amputaciones, para colapsar con nuestra sombra, para renovar el matrimonio invisible que hicimos hace tiempo con el ponche y los encinos. La tormenta, colmada de vórtices astrales, infunde, primero, un vértigo impredecible que recuerda las tardes de marzo en aquel turbulento andador poblado de devotos y cirqueros; y luego, una paz inexplorada, ceniza de antiquísimos idilios, que acobija con la misma dulzura con la que una pequeña tzotzil de traje multicolor se acerca para venderte un milagro.
Para estas instancias es imposible dejar de sucumbir ante la tentación de una taza de café caliente, derramar una lágrima en simpatía de los cántaros, negarse a toda confesión innecesaria, sufrir un paro cardiaco por exceso de nostalgia y comenzar de nuevo, todo aquello embriagado con la certidumbre de que algún día, no muy tarde, estaré de regreso.
Para estas instancias es imposible dejar de sucumbir ante la tentación de una taza de café caliente, derramar una lágrima en simpatía de los cántaros, negarse a toda confesión innecesaria, sufrir un paro cardiaco por exceso de nostalgia y comenzar de nuevo, todo aquello embriagado con la certidumbre de que algún día, no muy tarde, estaré de regreso.
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