Ana de los crímenes, de las distancias oceánicas,
de los velos furtivos, de los amaneceres indecisos,
de la sonrisa grabada en piedra para memoria de mis nietos.
Ana de la ruptura, de los arrepentimientos,
de la cortina de humo, de las ansias, del mordisco en los labios,
de los desórdenes gravitatorios, de la mudez insoportable,
de la bienvenida esperada desde antes que apareciera el mundo.
Ana de mis sueños turbios, de mis desquicios favoritos,
de mis terapias inconfesadas, inconfesables;
de mis mutaciones cada vez más consuetudinarias, de la probidad,
de lo inevitable, de lo indescifrable, de lo inoportuno.
Ana de mis cuestionamientos lunares, de mis versos por la madrugada,
de mi solemnidad hipócrita, de mi lujuria a oscuras.
de mis nuevos chamanes, del recuento de los daños,
del fracaso en la templanza del espíritu.
Ana de la emancipación, de las angustias,
de las reminiscencias shakespearianas, de los celos noctámbulos,
del vértigo, de los barrancos, de la flores silvestres,
del estómago como horma de zapatos,
del magnetismo como dictadura perfecta,
de mis otras vidas.
Ana del pecado, de la aberrante carga de las misas,
de la sed por la excomulgación,
de los reproches al destino, de la piel apartada,
de la tibia muerte que me recorre con tu aroma,
de los besos que duelen hasta en la última de mis cenizas.
Ana en la custodia de los diluvios,
en el cumplimiento exacto del deber,
en el libro abierto de las mitologías y los funerales.
Ana de las rendiciones, de las condolencias y de las resurrecciones,
de los juzgados moribundos, de las sentencias a créditos,
de este corazón amordazo que te clama y requiere
y, por supuesto, del bendito amor hijo de puta.
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