¿Porque nadie te detiene, porque nadie se suma al
balance de recelos, de malos augurios, de banderas piratas marcando el trazo
del idilio? ¿Porque nadie se inquieta y hace de su instinto hoz de absurdos
arrebatos, de remansos plastificados a causa de un sincero despecho a los
espejos? ¿Porque nadie se ofende y dispone a someterte a la maternal amenaza de
la excomulgación, de la lengua puesta en criogénica distancia hasta que el
sentido común tome al fin el timón de la conciencia y haga exiliar bohemias y
romances el tiempo que requiera que maduren, que nazca en ellas un suplicio de
ojos grandes, el respeto suficiente para condenar la soledad?
¿Por qué nadie confesa la imberbe genética que
emana de la búsqueda de insignia o narrativa, la carcajada que arrastra el
anhelo de poner el alma a la intemperie, o simplemente que este circo ya no es
para alas intrépidas de poesía entre las costillas sino para dientes rapaces,
para equilibristas que comprendan que la cuerda no requiere tanta altura?
¿Por qué no se toman el tiempo para injuriar tus
alcurnias, para desenmascarar el lecho en que descansa la zozobra, para medrar
la supuesta estampida (borrasca, solo borrasca) que guía esta desesperación de
aplausos? ¿Por qué no informarte de la indolencia de tus esgrimas, de tus
sedantes, hacerte saber, a voz de esbirro o de cigüeña, la calumnia de tu
apuesta, el sacrílego azar con que te estás revolcando?
¿Por qué no hablarlo, con todos los chubascos y
las nauseas, los sables y pesadumbres, las pesadillas de oscuro oleaje, a fin
de darle templanza al aliento y así evitar el trance de la fiebre andariega?
¿Por qué no hacerlo?
¿O será, más bien, que semejantes advertencias
ocurrieron y en verdad soy yo el culpable por blandir una ingenua y sin embargo
fatua sordera que maldijo el tránsito de
mis suspiros?
No hay comentarios:
Publicar un comentario