Visto
una piel arrepentida, cercenada de su lujuria, de su optimismo a fuerza del
pérfido cortejo de la rambla bautismal, privada de su hambre de postales
ermitañas y circos condimentados con asfalto, de sus ganas de multiplicar nidos
de cíclopes (mazmorras de terciopelo para quien ose llevar la cuenta del
pecado) a todo lo largo de la costa floral de alianzas.
Es
una piel penitente, sometida a un calvario que le es ajeno como el derecho de
diéresis o las promesas de gaviota; que responde a la demencia de un corazón
acuartelado que embriagado escrituró su porvenir a la mafia de nigromantes que
administran el mercado de ilusiones, de asignaturas pendientes, y que ahora
toma sitio en algún rincón velado del sótano de las súplicas.
Pero
la piel no puede esconderse, no puede evitar el contacto con el dolor cotidiano,
con el ácido desdén que emerge de los retazos de nostalgia agonizantes, no
puede evitar palpar el desengaño de los apegos de ciencia ficción, los
espejismos que conciertan, como manada de aduaneros, la carnada de la
eternidad, la migración de todas las horas buenas en que resonaba el bullicio
de las cafeteras, y el manto de un amor irrenunciable cubría las fracturas de
mi nombre.
Y
es así como esta piel esmaltada en un inicuo carmesí prosigue su labor sin
condolencias, refugiando más que defendiendo, menos buque que madriguera, con
la esperanza de que la noche le devuelva no solo lo que le robó el áureo aguijón
del verano sino lo que ayer le prometió un corazón insolente, del que ahora
solo quedan jirones y asfixias.
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