"...¿De donde un pueblo entero se aprieta la barriga
porque sí?
¿De que raíz de rencor,
de cuanta injuria,
de cuanta revancha detenida,
de cuantos sueños postergados
surge la fuerza hoy?
..."

Jaime Sabines

12.01.2013

Felicitaciones

¡Mira tortuga! ¡Mira!
¡Tornados de lujuria hospitalaria,
singulares cataclismos que emanan de la voracidad del crepúsculo,
insurrectos apiadándose de las grietas que dejo el desamor,
ternuras grabadas en piedra para memoria de los que llegaron tarde,
alquimistas deliciosamente ineptos en el estudio de la geometría,
monarcas de cavernas impúdicas,
nostalgias que beben a cantaros de nuestras intermitencias,
pentagramas lo suficientemente solidarios como para alentar la radicalización de nuestras pupilas,
mandrágoras bonachonas con promiscuidad de invertebrado,
auroras capaces de hacer colisión espléndida con fantasmas, cascabeles y sortilegios,
expertos artesanos de las sonrisas indelebles,
flores silvestres gozando con el mimetismo de la faltas de ortografía o los besos fugaces!

¡Mira! ¡Nos celebran! ¡Que lindos son recordándonos a pesar de las ausencias y los descalabros!
¿Cómo no vivir enamorado de ese magistral delirio que habita en todas sus arterias y en todas sus luciérnagas?

11.28.2013

Recomposición

¡Cuadripléjicos y delirantes! ¡Insurrectos y rubicundos! ¡Heterodoxos y contrabandistas! Sean todos bienvenidos a la poligamia extenuante, a la embriaguez impertinente, a la ironía helénica, al jolgorio de los anfibios, a la masturbación fastuosa, a la reivindicación de la histeria romana, al súbito y disoluto mundo de este venerable hijo de la decadencia exquisita, al circo orgánico del disidente de todos los cuadrantes. ¡Plenitud amorfa e indeformable!

11.24.2013

Algo hay

Hay algo en tu mirada. Será el bando de sirenas que puntualmente canta el desvelo de las supersticiones, será la pequeñita luciérnaga que ronda el prefacio de la muerte de mis más añejas sombras. Sera tal vez el remanso de donde beben leyendas viejos dioses de barbas como hamacas o será el jardín de truenos y libros de excursión desde donde los narcisos ofrecen sus inolvidables cursos de ballet.

Será la cuna o la tibia brisa, será la geometría o el campo de batalla, será el poema o el código postal. Rifle o una aurora pero algo hay en tu mirada. Algo hay...

11.16.2013

Quererte

Quererte en los terraplenes,
en los obeliscos,
en las guarderias.

Quererte hasta en las heridas,
en los colapsos,
en los cuentos de hadas.

Quererte en rojo, en azul marino y en ultravioleta.
Quererte ayer, quererte temprano, quererte en insomnio.
Quererte entre catacumbas, entre mendigos, entre magnolias.
Quererte con lágrimas, con guirnaldas, con venenos.

Quererte las horas, las albas y las eternidades. Quererte...

11.13.2013

Consecuencias del mal tiempo

Ven, depón de mí todo dosel de mansedumbre,
devórame con el filo de tu cadencia etérea,
ahógame en la tibia oscuridad de tu ecuador rosáceo
y celebremos juntos, entre arrobos y espasmos, la cálida obscenidad
que mana del derrumbe de cárceles y ascetismos.

Guerréame las certidumbres, las herejes ansias de cordura,
las devociones al romance y otras sodomías con desdén de circo.
Has de esta austeridad de relámpagos una ocasión para ardernos,
para reconocernos desde nuestras más férreas malezas
y así bebernos, profanos, desnudos, abiertos al temporal.

Sálvame de los silencios que te pronuncian,
que reclaman tu humedad para gemir la noche y sobrevivir,
Húndete entre mis arterias, revélame tu instinto de tambores,
de asfixia indomable, de dulce umbral de muerte.   

No me dejes nunca a la intemperie, merced del viento helado.
Necesito de tus labios penetrándome hasta el alfabeto,
de tu piel fértil de sincopes, abrumada de sudor y resurrecciones,
de tu rabia inacabada con ganas de injuriar cualquier excusa,
de tu néctar derramado sobre el relieve del placer.

9.15.2013

Transición

He muerto tantas veces.
Aquí, acuartelado entre jazmines y despedidas.
He sido del silencio y de la oscura mueca de la soledad sin sueño.

¿Cómo salvarme de tus pupilas encendidas, de tu cálido humo de cuchilla silvestre, de tus pasiones carcomiéndome el sigilo? De pronto amar te priva de toda centella, de todo inútil aleccionamiento, dejándote las vísceras hervidas, amargándose como espejos rotos dejados al juicio del temporal.

Como si para curarme de ti me bastaran los orgullos, las hemorragias, los venenos de filosofía.
Como si no me persiguieran los ojos cerrados que susurran tus besos de montaña.
Como si de verdad existieran ganas de escapar de ti y andar el viento sin el alivio de tus corazonadas.
Como si hubieran tropiezos inacabados, como si hubieran suficientes espinas.

Las paredes se achican y se agrandan mientras te pienso, responden a los gemidos que suda tu ausencia apenas dicha. Faltaría que vinieran a mí a colocarme nombres de espejismo, de cáliz agrietado, de perfidia con aroma a sándalo. Que me ahogaran con síndromes de desierto y que me dejaran flotando con el río.

No tengo miedo a morirme.
Venimos a la vida a morir,
cada día, en cada hora, en cada pulso.
Pero da la maldita casualidad que duele.
Que se siente como un frío que te cruza en dos el esqueleto,
que se siente como un látigo que me deshace de letra en letra el compás,
que se siente como un hueco bien hondo que te clama y al que no le queda más que consolarse con su propio vomito.

Lo que olía a dulce precipicio silvestre ahora apesta a gas y marea muerta.
Lo que antes era cantado con desdén ahora se reza con mordazas y lágrimas viejas.
Es falso, lo que antes era es todavía.
Las hecatombes de ayer son las mismas que me acuartelan hoy, que me abrasan.
El insomnio es el mismo, la certeza de saberme solo a la luz de tus mejillas.
El azoro, la lengua que sangra, el tejido, la espuma, la pérdida absoluta de decoro.

Hoy nomas es distinta la muerte,
que está insufrible,
porque te quiero, te quiero, te quiero. 

7.06.2013

Meditaciones 2: Crisis de la imaginación y departamento de electrónica

Algo de interesante tuvo este desafortunado intento de buscarme una nueva (y ya necesaria) dosis de mate allá por la ostentosa Angelópolis: Caminando por el recién remodelado Liverpool (que es justo donde consigo más barata la yerba) me topo con su despampanante sección de electrónica; ¿Cómo empezar a describir semejante atropello a los sentidos? ¿Tan desconcertante parafernalia al consumo? La sensación de abrumo me sobrecoge de inmediato pues apenas doy crédito del montón de artículos que desafían cualquier relato de ciencia ficción. Pantallas del tamaño la ventana de mi casa, televisores como cascos de motocicleta, mercancías que median entre desempeños funcionales y pretensiones de status, y el caso más desorbitante, una pequeña niña de escasos ocho años editando con maestría una imagen en que se yo que programa de fotografía sobre una computadora Mac de prácticamente su tamaño. ¿Cuándo fue que paso esto? ¿En qué momento la tecnología alcanzó estas dimensiones? Y sobre todo, ¿Con qué permiso se apropió de nuestra capacidad de imaginar? Porque con cada paso que daba había algo me quedaba más claro. Ahí nadie estaba imaginando nada. Todo estaba dicho. Atendíamos embelesados el elocuente discurso de lo excepcional, de lo prodigioso, de lo excelso. Los veinte metros cuadrados del lugar fungían como un sofisticado centro de adoctrinamiento y, como cualquier otro centro de este tipo (iglesia, sistema escolar industrial, ejército, etc.), la imaginación estaba estrictamente prohibida. ¡Qué descaro que alguien pensara libremente! ¡Si aquí ofrecemos todos los saberes digeridos y hasta estilizados! (con el único inconveniente de la etiqueta del precio). Nadie hablaba pues con su propia voz, todos hablaban desde la voz impuesta que entre fascinación y asombro hacía decantar la miseria, primero, del reconocimiento de nuestra ignorancia acerca de la razón de estos artículos, y por tanto, siguiendo la premisa de que estas mercancías son necesarias para detentar el status social ansiado, reconocimiento de nuestra condición de dependencia; y segundo, de la inviabilidad obvia por acceder a todos estos productos. La gravedad de semejantes hechos no hacía más que potenciarse al volver la vista otra vez a esta pequeñita que frente a la computadora jugaba a escapar de su mundo (cuando en cambio, me parece, era devorada y domesticada, por él).  

5.29.2013

Meditaciones 1

Bastan algunos minutos de atención al espectáculo para tener en claro lo difícil que es eludir la certeza de que el cirq du solei es hoy por hoy una de las expresiones artísticas más sofisticadas e impresionantes de nuestra época. La magnificencia de sus actos deja atónito a cualquiera; sumergida en un síncope de asombro y embeleso nuestra conciencia advierte al circo reinventado, puesto a prueba, elevado a la categoría de arte magistral. Sin embargo, no puedo evitar pensar que el circo de sol inspira muchas más emociones (y reflexiones) que el simple, que no menor, éxtasis del pasmo. Y es que no podemos rehuir de un hecho incontrovertible: en el escenario hay, por supuesto, verdaderos especialistas en cada una de sus faenas; contorsionistas, acróbatas, equilibristas retadores de las leyes de la física forjados, seguramente, desde sus más imberbes años; y sin embargo aún seres humanos, como cualquiera de nosotros, sujetos, al menos en principio natural, a las mismas limitantes físicas y psicológicas, a las mismas contradicciones y a las mismas epifanías. Este reconocimiento de lo humano en el espectáculo dispara de inmediato dos reflexiones dignas de ser tomadas en cuenta: En primera instancia, la afirmación se planta como un reclamo al propio ejercicio de nuestra condición humana, una interpelación a nuestra cotidianeidad en tanto mutilación a ultranza de la plétora humana. Un par de preguntas se hacen inminentes: ¿Qué sucedió en mí que, remoto ya a esa maestría (es de insistir, humana) del cirq du solei, me dejó tan inflexible, tan baldío? ¿Cuál es la fragua desde donde he (y hemos) estado formando el material de nuestros condiciones y nuestras posibilidades? Un angustiado escalofrío me recorre al considerar la escaza casualidad de un presente como esté, previsto, pérfidamente planeado en ánimo de convertir la cornucopia de las humanas posibilidades en meros engranes desahuciados con el único objetivo de perpetuar una barbarie. Segundo tiempo. Hemos caído en la cuenta de que lo que nos comparte el cirq du solei es, más allá de un show fantástico de tintes casi inverosímiles, una exploración de las fronteras humanas. No poca cosa. Sin embargo vendría a bien preguntarse si esta es la primera y única ocasión en que nuestra especie ha alcanzado límites tan eminentes, es decir, si ha sido solo bajo el cobijo de la civilización vigente (occidental, capitalista, globalizada, eurocéntrica, etc.) que tales expresiones han podido ser materializadas, o si en  cambio lo único que hemos logrado hoy es mercantilizar, porque no olvidemos que para disfrutar al circo del sol uno tiene que desembolsar una cantidad nada despreciable de efectivo, la excelsitud de la condición humana. Se nos plantan, de nuevo, como vértigos sediciosos, un par de preguntas: ¿Habrá pasado allá, en algún otro confín de la historia que desde la alteridad de los “otros” pueblos se haya descubierto el arte que mana las posibilidades humanas, ya no a partir del motor del capital sino, tal vez, desde el cálido refugio de la fe o el pulsante fulgor de la curiosidad humana? ¿En realidad seremos los primeros contorsionistas, acróbatas, equilibristas retadores de las leyes de la física que alcanzan a pisar este mundo delirante o seremos en cambio la herencia de una larga tradición que optó, para vilipendio de la memoria de los tiempos, por capitalizar aquello que fue dado para explorar lo más hondo de su condición de ser? Nadie ha dicho que responder aquello sea tarea sencilla, menos aún agradable, pero me atrevo a decir que son cuestionamientos que serviría poner sobre nuestras mesas.  

5.23.2013

Desconocido


¿A quién pertenecen estas vísceras que hoy me incineran la paz, el vientre, el tierno orgullo que emana sólo de las lealtades apenas paridas?
¿A quién debo estos rencores primitivos que me dejan tan expuesto, tan equívocamente cercenado, tan mortal contra los murmullos de viejos fantasmas que me hostigan con su canto de neurosis y fechas de caducidad?
¿De dónde viene esta sensación de desamparo que me mantiene desvelado, acorazado, arruinado entre el bullicio de mi sangre y el asedio de mis banderas?

Y yo que había previsto la extinción de vientos tan iracundos. Había  también un muro sólido, cuidadosamente cimentado ente baldosas de optimismo y algunas rosas blancas. No amenazarían ni céfiros, ni titubeos ni madrugadas ahogadas en reparos. Pero heme aquí, con la brújula intoxicada de un veneno más mío que de cualquier otro pérfido ciclón.

¿A dónde apunto la bala de la náusea?
¿Habría de declararme pétreo, agreste, taciturno?
¿Habría de maldecir al néctar caliente del instinto, del refugio en carne cómplice?
¿Cómo compadezco a mi sombra entre tantas grietas y espinas?

La soledad es más fácil, brinda tregua, jode menos. Es cierto que encierra un festín de reproches pero al menos la cordura no corre riesgo de desahucio. Pareciera un buen lugar para templar la sangre. Acurrucarse junto a ella y dejar los anatemas para algún otro exiliado. Y sin embargo aquí estoy, atravesado por la enervante lujuria del insomnio, saltando de asfixia a lágrima y desdén, con un tifón acuartelado en la garganta y unas ganas enormes de desertar.

¿A dónde voy para encontrarme?