"...¿De donde un pueblo entero se aprieta la barriga
porque sí?
¿De que raíz de rencor,
de cuanta injuria,
de cuanta revancha detenida,
de cuantos sueños postergados
surge la fuerza hoy?
..."

Jaime Sabines

5.31.2011

Esta distancia de ti

Esta distancia de ti, que me deja inhóspito, témpano maltrecho, todo asustado.
Ya no le caben más a mis raíces más nostalgias, más desvelos, tibios reproches no escuchados.
Las ámpulas que desde hace un rato habitan mis meñiques han desarrollado
una lengua capaz de sobornar a todas las noches de luna ausente
ó a la canción que germina en los labios del pasado.

A mis tobillos les duele la ausencia del frio, impensable que se resignen a sentirte lejos.
Mis uñas solidarias se ponen asmáticas sin mi permiso o corren a llorar con el eco del ropero.
Mis nervios fijan una hora siempre incrédula para postergar mis reemplazos,
para cambiarme el credo,
y soy siempre el último en abandonar los escalofríos que me dono el ocaso,
dispuesto a arruinarme alguna espalda y quedarme quieto.

Esta distancia de ti, tierra mojada, sirena, santuario de los nahuales,
me arranca los solsticios de la sombra, olvido del clamor de los inviernos.
¿Cómo soportar la ausencia de tus rosas, del vestigio de tus temblores,
del amor discreto de tus manantiales? ¿Cómo vivir sin la huella de tus verdes prados,
sin la fertilidad de tus romances violentos?

Sin tu abrazo, sin tu metódico cansancio
el daltonismo me persigue hasta en los columpios y las dulcerías.
La luz de otoño, que ilumina tus rincones, tus cuartos acuartelados,
suprime cualquier desdén insoportable
y es reminiscencia de remotos e inmortales días.

Te extraño con el oleaje taciturno del milenario sigilo de los caracoles,
con la enfermedad sublime de los poetas medio muertos,
con los hábitos horneados, con el duelo a rastras y sin fiebre
y con una terca necesidad de tu brisa y de tus puertos.

En esta distancia nuestra tendré que guardar mis diluvios,
menester de lo que diga la próxima aurora.
La noche será confidente de mi llanto, de mi plegaria.

¡Pueblo mío! ¡Veladora del tiempo innombrado!
Pido porque esta lejanía termine pronto para sucumbir de nuevo
a tu voz,  a tus riberas, a tus cicatrices y esos firmamentos nublados.
¡En ti comenzara la última víspera, de ti nacerán los inéditos colapsos!

5.24.2011

Acto de Contrición

Hoy parece que mis silencios han optado por desmoronarse, me duelen mis espinas, mis tres estómagos, mis antiguos antifaces. Mis huellas se desvanecieron en la arena del camino, mi sombra cambio de color, mis astrólogos me abandonaron en la tarde más oscura y ninguno de mis suicidios supo de algún testigo.

La voracidad de mi soberbia supero los límites acordados, me sentí desnudo sobre la piedra caliza, amé sin decoro, perdí la brújula que había reservado para los solsticios, me divorcié de mi mano izquierda, me rompí la columna tratando de imaginarme contorsionista, llore con la vergüenza de mis traumas y ni siquiera tuve tiempo para sentirme afligido. 

Recuerdo que mendigos interrumpieron su rutina para contemplarme desde la vitrina de los bufones, que no me pidieron permiso para quitarle la correa a mis fantasmas, que los malditos violaron el otoño al que le entregue las más ávidas fantasías, que las luciérnagas dejaron de visitar el desván, que me negaron tus besos de cuarzo y mirra, que irrumpieron de noche en mis arterias y sembraron sospechas con el rigor de un alquimista. 

Hoy me cansé de revivir a mi madre, sonámbulo le prendí fuego a mis huertos, até mis manos con listón al primer buque que zarpara al tártaro, acepte vendarme las cicatrices que me dejo la inquisición, cambie de credo como cambio de sedantes, mande al carajo los proverbios que me enseñaron las hormigas, fui devoto de las biografías oficiales y de las alcantarillas y navegue por primera vez sobre la aurora sin voltear atrás la vista y conmoverme como ayer, como anoche, como todos los días.

5.17.2011

Rendicion de vos


Soy tuyo si me dejas extraviar mis horizontes,
seducirte en la humedad de mi disidencia,
contemplarte con fervor al cobijo de la madrugada,
guardarte en vela hasta que tus huesos sean de estaño,
cantarle, pero muy bajito, a tu ombligo y tus rosales.

Soy tuyo si aguardas la hecatombe de las estaciones,
o si decides respirar la historia de los cretáceos y los artificios,
o me regalas el prisma lindísimo de tus ojos,
o te olvidas algún rato de ser aurea y te haces polvo conmigo
para recorrer la ternura de subterráneas habitaciones.

¿No sabes que he sido tuyo desde el principio de tu sombra,
desde el último rincón de otoño,
desde el llamamiento a las supersticiones,
desde el primer capítulo en la melancolía de la luna?

He sido tuyo con los parapléjicos, con los tendones,
tuyo durante la inquisición y hasta en las orgías,
tuyo con tragos amargos y fosforescentes,
tuyo cuando arremetiste contra las cortes y
cuando te hartaste de los homicidios.
He sido tuyo siempre y desde antes que anochezca.

Aún así esperamos con ansia el sobresalto.

Pero yo no me voy a ir de ti, como los laureles no pueden tomar distancia de los muertos,
como los muertos no pueden tomar distancia de los reflectores.

Al final del suspiro es tu voz la que tiene eco,
es tu enigma el que aún tiene rostro de sospechoso,
es tu aura la que intimida, la que derrite,
es tu brisa dulce a contracorriente,
son tus mieles, tus notas, tus temblores
y soy yo, el que te sigue...

5.10.2011

Dolor y demanda

Como no dolernos la sed y el hambre;
Ese infame agujero en el estómago que padecen en las sierras, en los desiertos, en las cavernas, en las endiabladas urbes.

Como no dolernos su cansancio;
Roca lapidaria que arrastran día tras día, enterrándolos, sometiéndolos al precipicio innombrable.

Como no dolernos su impotencia;
La abismal distancia entre los poderosos, militantes del sadismo, redentores oscurísimos, carniceros de ética renombrada con los otros, los míos, los bastardos,  los que bailan con la vida y con la muerta y carcajean, los de la aureola celeste, los ecos del ímpetu y las estrellas.

Como no dolernos sus cicatrices, sus llagas;
Que no les basta con imprimirse sobre la piel, que en ocasiones duelen más dentro, en el hígado, en los pulmones, en el corazón, en el alma.

Como no dolernos su incertidumbre;
El desasosiego cotidiano, la mortificación que habita los días oscuros en donde no alcanza, sencillamente no alcanza y el nacimiento es ya un asunto reprochable.

Como no dolernos las blasfemias;
Las lenguas de serpiente tóxica, las instigaciones consuetudinarias con que el pueblo es violado, supeditado que porque no tiene el carácter. Que porque en este mundo con las ganas bastan.

Como no dolernos la infausta cerrazón;
Las miradas cobardes que voltean hacia otro lado, las conciencias de aparador y ornato, los pocos huevos, los célibes del grito y del honor más cristalino. ¡Que se los juro! ¡Que hay niños que encuentran la muerte en cada hora por ser culpables de ser pobres!

Como no dolernos las huellas que les deja esta puta vida ineludible;
Las pequeñas muertes diarias. Son las ojeras indispensables por los dobles o los triples turnos. Son las espaldas quebradas por la carga de demasiados costales y demasiadas penas. Son los cuerpos sonámbulos, devastados por cánceres infligidos, que se levantan solo con la fuerza del amor a sus hermanos, esposas, madres e hijos.

Como no dolernos sus lágrimas;
Derrochadas en desvelos solitarios, tan solos que hasta Dios luce distante. El llanto, con su puño implacable, es la única forma que encuentran para conciliar el sueño, abrumados por la violencia torcida que los espera a la mañana siguiente.

Como no dolernos la sentencia con tintes definitorios;
Impuesta por los jueces impuestos que dicta “científicamente” que la pobreza es una característica natural en este universo deforme y corrupto. Y que las otras posibilidades son absurdas y que la crítica y la resistencia son delito.

Quisiera que me dejara de doler a mí pero quiero más que les deje de doler a ellos. Ya estuvo bueno. ¡Ya basta!

5.03.2011

No permitas

No permitas que el fulgor que emana de mis puños deje de desbordarse en el umbral de los crepúsculos, o que los ancianos dejen de columpiarme en sus brazos de sabiduría y mimbre, o que deje de distinguir las incontables texturas que habitan en el canto del rocío o que concluyera penosamente que en el mundo andan escasos los milagros.

No permitas que deje de hacer inquisición de todos mis prejuicios en todos mis días, o que sea tentado a olvidar el gozo de las innumerables tonalidades de la bóveda celeste, o que deje de extrañar el sazón exacto de mi abuela Julia, o que deje de sentirme sombrío cuando en mi camino cruza uno de esos rubíes bastardos que son los niños de la calle.

No permitas que figure como otro de los cobardes de moral incuestionable que necesitan de un juglar gordo de traje rojo para entregarle un regalo a sus hijos, o que olvide la nostalgia que habita en el arrullo de las olas, o que deje de rabiar por el aroma exquisito del estiércol que tiene inundado a los centros comerciales, o que deje de indignarme con las flores de plástico, las dignidades de ornato y los partidos de derecha.

No permitas que algún día, después de enfrentar la cal de la miseria, el hambre y las cadenas comience a tolerar de poco en poco las fauces insaciables de los grandes capitales, o los versos de ficción que entonan tan religiosamente los economistas, o los muertos por gripe en África, o la resequedad en las arterias, o la devoción por los misioneros y profetas, o el Amazonas en crisis de raíces y enigmas, o la desconfianza en el bendito pueblo, o el libre mercado con letras pequeñitas.

No permitas que abandone mi conmoción por la venta de metros cuadrados en la luna, o que extravíe el jardín de susurros que me heredo Carpentier en su penúltima visita, o que alguna lágrima se derrame a causa del espejismo de la compasión en las violaciones contemporáneas, o que halle desconsuelo en el naufragio de la resistencia, o que deje de inspirarme inagotablemente en la labor de las cortesanas, o que la rebeldía aguarde al florecimiento de los augurios mientras que de su éxtasis y su ternura solo quede huella en algún ínfimo libro de historia. 

No permitas, corazón mío, que todo este suicidio acontezca y se ahogue el resplandor del más antiguo sendero, y sigue bombeando en mis torrentes esta locura infinita a la que rindo homenaje, de la que soy peregrino, combatiente, amigo, guardián, confidente, hermano y grito, y con la que soy, aun en la tiranía que asedia nuestros días, hombre genuino y eterno.