Soy tuyo si me dejas extraviar mis horizontes,
seducirte en la humedad de mi disidencia,
seducirte en la humedad de mi disidencia,
contemplarte con fervor al cobijo de la madrugada,
guardarte en vela hasta que tus huesos sean de estaño,
cantarle, pero muy bajito, a tu ombligo y tus rosales.
Soy tuyo si aguardas la hecatombe de las estaciones,
o si decides respirar la historia de los cretáceos y los artificios,
o me regalas el prisma lindísimo de tus ojos,
o te olvidas algún rato de ser aurea y te haces polvo conmigo
para recorrer la ternura de subterráneas habitaciones.
¿No sabes que he sido tuyo desde el principio de tu sombra,
desde el último rincón de otoño,
desde el llamamiento a las supersticiones,
desde el primer capítulo en la melancolía de la luna?
He sido tuyo con los parapléjicos, con los tendones,
tuyo durante la inquisición y hasta en las orgías,
tuyo con tragos amargos y fosforescentes,
tuyo cuando arremetiste contra las cortes y
cuando te hartaste de los homicidios.
He sido tuyo siempre y desde antes que anochezca.
Aún así esperamos con ansia el sobresalto.
Pero yo no me voy a ir de ti, como los laureles no pueden tomar distancia de los muertos,
como los muertos no pueden tomar distancia de los reflectores.
Al final del suspiro es tu voz la que tiene eco,
es tu enigma el que aún tiene rostro de sospechoso,
es tu aura la que intimida, la que derrite,
es tu brisa dulce a contracorriente,
son tus mieles, tus notas, tus temblores
y soy yo, el que te sigue...
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