"...¿De donde un pueblo entero se aprieta la barriga
porque sí?
¿De que raíz de rencor,
de cuanta injuria,
de cuanta revancha detenida,
de cuantos sueños postergados
surge la fuerza hoy?
..."

Jaime Sabines

2.17.2012

Te quiero igual


Te quiero igual nublada que arena,
te quiero igual archipiélago que clave de sol,
te quiero igual prolija que otoño menguado,
te quiero igual cuando llueve la muerte que cuando las cicatrices tienen apetito de esdrújula,
te quiero igual cuando se nos empañan los apellidos que cuando las ranas andan desafinadas,
te quiero igual cielo que aserrín silvestre,
te quiero igual en el aquí promiscuo que en el allá impensable,
igual te quiero a lágrimas tendidas,
igual te lloro a besos imparciales.

Que tal vez este recuento no venga mucho al caso, epítome de adviento, molar vuelto sonaja, pero pasa que me parece mortalmente importante recordarte.

Recordarte que te quiero igual en tiempo de helechos y ventanas suicidas que en tiempos de gatos pardos bañando la luna,
que te quiero igual nativa que gis y pizarra,
que te quiero igual amor en mayúsculas que en pescaderías,
que te quiero igual magnolia que crepúsculo enlatado,
que te quiero igual endeble y apenas zurcida que apóstrofe espartano, incendio de ojos insolados,
recordarte que igual te quiero con el miedo en la corbata,
que igual te temo con el tacto en los suburbios.

No por los rondines del olvido o la hereje distancia, no por el celo de los batracios o la llanísima humedad espolvoreada, no por los fósiles, las sirenas o las noches sin mediar. Recordártelo porque te quiero, así de simple y de complejo. Así de libre.

Recordarte que te quiero sin más son que el de tus pasos. 

2.14.2012

Un giro al turismo

Bien vendría cambiar las reglas que rigen al turismo moderno.
Cambiar, por ejemplo, la adulación a los circos de mármol o a las fachadas bañadas en oro y espejismos.
Cambiar la admiración a las elevadísimas esfinges de concreto y alardes, o a los flamantes mausoleos que empuñan su desconfianza en los susurros.
Cambiar la seducción por los regimientos residenciales, con sus balcones de abolengo y sus caretas de alfeñique, que solo amargan nuestra fe en la cumbia y en la antorcha que tan humildemente nos obsequiaron las hormigas.

Cambiar, por ejemplo, la idolatría a los castillos, los palacios y otros tantos solariegos recintos, remanentes de la doctrina del yugo y la viruela.
Cambiar la certeza de que el arte hierve mejor en el teatro y mejor se consagra en los museos, convicciones que no demoran en castrar la yunta de la imaginación.
Cambiar el turismo de panfleto y suburbios, de ojos saltones despilfarrando halagos, de ostias de todos los bandos lucrando con el noble alambre de los migrantes.

En fin, cambiarlo todo y empezar a hacer turismo del que cuenta, del que no precisa santiguar tabúes o vendarse el firmamento con heridas maquilladas.
Turismo paciente, turismo y dos puntos, turismo de cartílago y sin santo y seña.
De hombres que andando naufragan.
Que van el silencio con sus dos piernas y sus más de doce torrenciales.
Que aman la grieta y no el encaje.
Que se bañan en la marcha del crepúsculo antes que en la amnesia del jacuzzi.
Que tienen miedo por un rato (en los que les cambia la silueta y el bronceado).
Que se callan y dejan que el silencio les cuente las historias de vencejos y tisanas.
Que se dejan guiar por el polvo gastado de los pedregales.
Que estas dispuestos a perder lo que les queda de farol y abanico.
Que bailan con el negro horizonte hasta que el lábaro se les canse y las campanas se vayan a dormir. 

De eso habló.
Turismo de gente y no de encuadres.
Turismo de instinto y no de agencias de viajes.
Turismo de sexo sin propinas,
de amor te acompaño lo que me dure el sueldo.
Bien vendría.




2.10.2012

El grito más fuerte


De la milpa mestiza de la que mame lengua y alquimia me visita el eco de un clamor en luto, de un grito tan inflamado de cólera como de justicia, que no duda ni un instante en sacudirme la condolencia de cuadrantes y recordarme que la réproba cruzada emprendida hace más del millar de soles sigue marchitando, con su peste de plomo y su dieta de amnesia, las calles, las casas y los socorros mexicanos. Esta guerra espuria, auspiciada por el sacro imperio de la libertad a fuerza de deudas y balazos ya nos ha costado, según decretos de leprosa credibilidad, más de cuarenta mil compatriotas (los que aun lloran la carne desaparecida de los suyos, sea por el horror de la bestia desatada o la desidia de los ministerios de paja, aseguran que la cifra alcanza el doble). Pero la conciencia y la esperanza no ceden.

Y no lo hacen porque pese a lo que muchos expertos difundan, maestros en hipnosis y usurpación,  el maíz sigue recorriendo nuestras venas y con él todas esas prístinas dosis de dignidad rebelde, mástil de bronce de derribar imposible, infusiones de esa dulce hermandad de ojos cerrados y abrazos abiertos, vueltos todos adobe del consuelo infinito. Y así la esperanza resiste. Resiste por sed de una memoria digna que honre la sombra de sus cenizas, por el exilio de silencios que solo conjuran incuria y soledad, por el destronamiento de la hipocresía que bien se ha acomodado en el trono del águila, por la vida, que pese a todos los ultrajes y anatemas, sigue encontrando camino a todo lo largo de esos fértiles suelos mexicanos.

A kilómetros de distancia se oye todavía la súplica de nuestra partera de serpientes emplumadas. Así de convulso y así de hiriente se anuncia la antesala de su sepulcro. Y así de fuerte también resuena el eco de los guerreros que han jurado, entre diamantes viudos y arrecifes sin digerir, amarla y defenderla. 

2.07.2012

Revienta aguacero


Revienta aguacero,
con tu voz gaucha y diocesana,
con tus vertebras de gimnasia, mortal al frente.
con tu blues bautista de estirpe plateada,
con tu barrio marino, casa de la murga fundadora,
con tu estampida afín a la doctrina del alcázar,
con tu mano blanda para los recién inmolados,
con tu húmedo aroma a ébano.

Revienta, hogar de pirómanos sin ungir,
llanto de ballenas cosmonautas,
amor desdeñado por el cemento y los aljibes,
resurrección vuelta mordisco de pirañas partisanas,
canción sin afán de lumbrera o abadía,
cardumen de espejos poliglotas, terapistas de la amnesia,
que alimentan la única verdad de nuestros huesos.

Enerva el agrio hierro de las estadísticas cleptómanas,
llévate los naipes y aranceles que iza la torva alba,
castiga al ambiguo de rebaño, de pía ubre,
divulga, con tus besos efímeros e indomables,
la furtiva primavera de sabotajes y escafandras,
limpia la herrumbre que yace en el lacre de gaviota,
y convierte, si es posible, este sigilo de andrajos
en fausta escollera de pañuelos blancos.

¡Que tu tridente borre las lágrimas que tapizan el pleamar,
que el estruendo de tu multitud de tambores resuene
sobre el ultraje de la nostalgia y el eco barroco de la codicia!

2.06.2012

Frente al Ventarrón


Hay en este bufido venido del reino marino una memoria de alcanfores y guirnaldas, una injuria nutrida del berrido de siniestros ayos acéfalos de quienes no es preciso citar linajes, un campo de engorda para juristas de alquitrán. Esta brisa, que en su acoso misionero traiciona al vientre que le dio nombre, va desatando la tóxica garganta del despecho, el emporio de ascetas y grilletes que todavía navega el flujo de mi sangre. Frente al asalto de este amartillado soplar portuario (que no conoce de cortesías ni de treguas) es que busco reencontrarme con mi sombra, cosechar algún sortilegio de arbolada pero la melancolía me sigue arrastrando los talones, espoleada por el raudal de céfiros que amedrenta por igual al mausoleo de aquel gaucho patriarca que al pesebre en que comulgan mis alardes indigentes, arenas errantes en que mis versos, aunque lánguidos, florecen.

2.02.2012

Penitencia de Atavío


Visto una piel arrepentida, cercenada de su lujuria, de su optimismo a fuerza del pérfido cortejo de la rambla bautismal, privada de su hambre de postales ermitañas y circos condimentados con asfalto, de sus ganas de multiplicar nidos de cíclopes (mazmorras de terciopelo para quien ose llevar la cuenta del pecado) a todo lo largo de la costa floral de alianzas.

Es una piel penitente, sometida a un calvario que le es ajeno como el derecho de diéresis o las promesas de gaviota; que responde a la demencia de un corazón acuartelado que embriagado escrituró su porvenir a la mafia de nigromantes que administran el mercado de ilusiones, de asignaturas pendientes, y que ahora toma sitio en algún rincón velado del sótano de las súplicas.

Pero la piel no puede esconderse, no puede evitar el contacto con el dolor cotidiano, con el ácido desdén que emerge de los retazos de nostalgia agonizantes, no puede evitar palpar el desengaño de los apegos de ciencia ficción, los espejismos que conciertan, como manada de aduaneros, la carnada de la eternidad, la migración de todas las horas buenas en que resonaba el bullicio de las cafeteras, y el manto de un amor irrenunciable cubría las fracturas de mi nombre.

Y es así como esta piel esmaltada en un inicuo carmesí prosigue su labor sin condolencias, refugiando más que defendiendo, menos buque que madriguera, con la esperanza de que la noche le devuelva no solo lo que le robó el áureo aguijón del verano sino lo que ayer le prometió un corazón insolente, del que ahora solo quedan jirones y asfixias.