Te
quiero igual nublada que arena,
te
quiero igual archipiélago que clave de sol,
te
quiero igual prolija que otoño menguado,
te
quiero igual cuando llueve la muerte que cuando las cicatrices tienen apetito
de esdrújula,
te
quiero igual cuando se nos empañan los apellidos que cuando las ranas andan
desafinadas,
te
quiero igual cielo que aserrín silvestre,
te
quiero igual en el aquí promiscuo que en el allá impensable,
igual
te quiero a lágrimas tendidas,
igual
te lloro a besos imparciales.
Que
tal vez este recuento no venga mucho al caso, epítome de adviento, molar vuelto
sonaja, pero pasa que me parece mortalmente importante recordarte.
Recordarte
que te quiero igual en tiempo de helechos y ventanas suicidas que en tiempos de
gatos pardos bañando la luna,
que
te quiero igual nativa que gis y pizarra,
que
te quiero igual amor en mayúsculas que en pescaderías,
que
te quiero igual magnolia que crepúsculo enlatado,
que
te quiero igual endeble y apenas zurcida que apóstrofe espartano, incendio de
ojos insolados,
recordarte
que igual te quiero con el miedo en la corbata,
que
igual te temo con el tacto en los suburbios.
No
por los rondines del olvido o la hereje distancia, no por el celo de los
batracios o la llanísima humedad espolvoreada, no por los fósiles, las sirenas
o las noches sin mediar. Recordártelo porque te quiero, así de simple y de
complejo. Así de libre.
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