De la milpa mestiza de la que mame lengua y
alquimia me visita el eco de un clamor en luto, de un grito tan inflamado de
cólera como de justicia, que no duda ni un instante en sacudirme la condolencia
de cuadrantes y recordarme que la réproba cruzada emprendida hace más del
millar de soles sigue marchitando, con su peste de plomo y su dieta de amnesia,
las calles, las casas y los socorros mexicanos. Esta guerra espuria, auspiciada
por el sacro imperio de la libertad a fuerza de deudas y balazos ya nos ha
costado, según decretos de leprosa credibilidad, más de cuarenta mil
compatriotas (los que aun lloran la carne desaparecida de los suyos, sea por el
horror de la bestia desatada o la desidia de los ministerios de paja, aseguran
que la cifra alcanza el doble). Pero la conciencia y la esperanza no ceden.
Y no lo hacen porque pese a lo que muchos expertos
difundan, maestros en hipnosis y usurpación,
el maíz sigue recorriendo nuestras venas y con él todas esas prístinas
dosis de dignidad rebelde, mástil de bronce de derribar imposible, infusiones
de esa dulce hermandad de ojos cerrados y abrazos abiertos, vueltos todos adobe
del consuelo infinito. Y así la esperanza resiste. Resiste por sed de una
memoria digna que honre la sombra de sus cenizas, por el exilio de silencios
que solo conjuran incuria y soledad, por el destronamiento de la hipocresía que
bien se ha acomodado en el trono del águila, por la vida, que pese a todos los
ultrajes y anatemas, sigue encontrando camino a todo lo largo de esos fértiles suelos
mexicanos.
A kilómetros de distancia se oye todavía la
súplica de nuestra partera de serpientes emplumadas. Así de convulso y así de
hiriente se anuncia la antesala de su sepulcro. Y así de fuerte también resuena
el eco de los guerreros que han jurado, entre diamantes viudos y arrecifes sin
digerir, amarla y defenderla.
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