Hay en este bufido venido del reino marino una
memoria de alcanfores y guirnaldas, una injuria nutrida del berrido de
siniestros ayos acéfalos de quienes no es preciso citar linajes, un campo de
engorda para juristas de alquitrán. Esta brisa, que en su acoso misionero
traiciona al vientre que le dio nombre, va desatando la tóxica garganta del
despecho, el emporio de ascetas y grilletes que todavía navega el flujo de mi
sangre. Frente al asalto de este amartillado soplar portuario (que no conoce de
cortesías ni de treguas) es que busco reencontrarme con mi sombra, cosechar
algún sortilegio de arbolada pero la melancolía me sigue arrastrando los talones,
espoleada por el raudal de céfiros que amedrenta por igual al mausoleo de aquel
gaucho patriarca que al pesebre en que comulgan mis alardes indigentes, arenas
errantes en que mis versos, aunque lánguidos, florecen.
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