"...¿De donde un pueblo entero se aprieta la barriga
porque sí?
¿De que raíz de rencor,
de cuanta injuria,
de cuanta revancha detenida,
de cuantos sueños postergados
surge la fuerza hoy?
..."

Jaime Sabines

11.20.2011

Cuando las mujeres canten


Habrá de temblar el mundo cuanto todas las mujeres alcen la mirada. Cuando juntas hagan de su voz sublime, raudal de ígneos madrigales, un dulcísimo coro que lo transparenté todo, expiación de los ingratos, bálsamo para los desamparados. Cuando el vibrato de sus cuerdas en unísono haga sucumbir en inmaculado escándalo el garbo pernicioso con que han sido sometidos los cierzos de una imaginación de lindes insondables, el fragoso agitar de unas alas provistas desde antes que retumbara en el mundo el rudimento de los atlantes y que entre perfidia circense y nostalgia de ornato, les habían hecho guardar en el baúl de la ignominia. Cuando ellas desparramen su amorosa furia y de ella se desprendan hidalgos torrentes de barro y centellas con humor de guillotina y proclamas de una vehemencia que parecía reservada solo para cuando apremiara en el cosmos algún relevo de elipsis. Cuando resuene su trepidante paso y se atesten de escalofríos y otros cáusticos murmullos los amantes de la discordia, sórdidos idólatras de su sudor raptado, del lucrativo mercadeo de hambres y mañanas, del velo narcótico con que acostumbran enmascarar el sol de marzo. Cuando manden al carajo sus miedos con todo y la botellita de ron vacía, preñada de un trozo de papel sin cómplice, lanzada al mar (o la calle, que es lo mismo) para rogarle al príncipe una dosis amansada de descuello, mandar al carajo el blanco sepulcral que con tanto empeño les imponen los padrinos de celda y que las meretrices y otras rebeldes de zodiaco, disuaden con tanta dulzura, mandar al carajo todos los reparos (incluyendo los míos) que no valen ni un quinto en la medida que no son ellos, aun con toda la cofradía que los ampare, sino ustedes, las que a fuerza de su valeroso andar habrán de forjar sus propias fábulas, las que han de hacer frente a la aciaga opresión de la farmacopea oficialista.

Cuando las mujeres se tomen de la mano y la conciencia, ya verán como en la cónclave de sus femíneas irises es que habrá de erigirse la anhelada aurora sin reductos, sin  paraísos con salas VIP, sin puños blandidos por esperpentos bullentes de infamia, sin escollos que veden el naufragio a otros justos hortelanos, hálitos de la estampida, sin quiromancias talladas en la espina del porvenir, sin romances prostituidos para engorda de pastores novísimos, sin muertes suscritas por adelantado, sin orden del día para el zarpaso de un par de epifanías carmesí.

Cuando las mujeres canten, y sea su eco tan etéreo y facundo, que baste para desarmarnos de artilugios y espejismos…

11.13.2011

Y nos encontramos

Y nos encontramos,
y trasnocharon las voluminosas urbes,
y todas las maldiciones nos sirvieron de florero,
y los labios tuvieron sed de herejía y agua dulce,
y la incuria fue exiliada tras el cantar de los romeros,

y las leyes palidecieron al instante de rencor asmático
a fuerza de un férreo trance de arterias recién versadas,
y bañamos nuestras sienes en el asalto de un eco arrítmico,
en el arribo de una ventolera tan íntima como desfachatada,

y Dios nos miró alegremente,
y fundimos cristal con mirra y muerte,
y un eclipse envidio nuestros bochornos.
el desdén con que abolimos sus oprobios,

y sin pedirlo triunfamos abundantes de fe y desquicio,
y hubo avalancha de requintos y otros espiches variopintos,
y dejaron de sobrarnos los temores y vigilias,
y me acomode debajo de tu piel y te acomodaste debajo de mi risa
y nos  encontramos…

11.02.2011

Sensual (no es solo tu cuerpo)

Es tu noche de adobe velando el palpitar de ciertas muertes,
tu reserva de mirra divulgando el carácter del trópico,
tu rabia de escarabajo, fecunda como arrabal puesto a prueba,
tu colección de oasis en que matizas el cortejo de las pascuas,    
tus campos de trigo que no son sino huellas de tu herbolaria sangre,
es la murga de tu multitud de idiomas urdiendo el fandango
en que han de desnudarse, en merluzas de pólvoras siempre vírgenes,
todos los testimonios que nos heredó la lengua de la tierra.

Es el remanso de tus horas más tristes, reducto de trovas sin consigna,
en que sumerjo mis hambres truhanas, gárgolas que apetecen de tu llanto,
de tus lágrimas de seda, de esas tibias baldosas del equinoccio,
para refundar el pulso del delirio y de paso el temple de tu sombra.

Es la nívea pizarra de tu alma en que escribanos desdeñados
por la alifafe de los espejos bautizan, entre enebros y minervas,
palabras que extraviaron el acento de su primer naufragio. 

Es el febril devaneo en que me rondan tus versos de ciénagas,
en que acechan al instinto los filos de tus muérdagos en celo,
son los cantares que habitan la embestida de tus horas lactantes,
es el mate que recorre tus arterias debelando el arte de su esgrima,
son los contornos de tus abismos menguados por el peso de la tarde,
son tus fiebres ascetas en que yerran las jácaras del colibrí,
son los alfabetos de lustre ciclónico que blandes para calcinar,
en agreste entropía de sobrio albur, al fusil de la rutina,
al renco nervio que tanto gusta de inflamarlos los estigmas.

Es la bitácora en que le narras al mundo el consuelo del almizcle,
mi arisca estrella de los vientos, oriente de los murmullos gitanos,
(desde sus pupilas se recorren los primeros pasos del atisbo,
el atropello de la vigía amartillada).

Es la sazón de tus bemoles en fuga, el amuleto en la mordaza de tus caprichos,
el atrio que maduras a espaldas de la bruma, el insoluble eco de oráculo que te habita.
Y es, sobretodo, la inminencia, de corazón, la inminencia… 

10.16.2011

Urge


Urge cambiar la vida que nos mata,
la vida que nos mutila la ternura
con todo y sus dulcísimas auroras,
la vida mustia, la vida descalabrada,
la vida que añora el purgante festín
de la conciencia indómita y del amor desnudo,
inmune a los cancerígenos embates de la codicia 
y otros abyectos quirófanos de profusa herrumbre.
La vida aferrada al corrosivo idilio,
de vocación alienante y hado suicida, de la plétora,
que fustiga entre diatribas y espejismos,
la paz en que descansan nuestras luciérnagas.
La vida velorio, la vida hojarasca
de los diáfanos abrazos y los puños solidarios,
la vida de la piedad plástica,
de la comuna endeble y desprestigiada,
de la retórica fluctuante de los laureles,
paliativo predilecto para los suspiros de alto voltaje.
La vida hecha presa por los voraces huérfanos
toda dispuesta a sus caprichos e insolencias,
cual bestia de carga o arlequín desahuciado,
arrebatada de todo calcio de dignidad,
de toda huella de su polícroma estirpe.
Urge cambiar la vida que calla, la vida que olvida,
la vida colmada de primaveras en ayuno,
de obuses ocultos bajo la lengua de la inercia,
de libertades marchitas por abuso de carmín.
La vida mancebía, la vida ebria de plomo,
la vida valuada, cotizada, vida mercancía,
forrada entre hilvanes y caries de patente,
medio muerta, con toda la ironía contigua,
con el firmamento sangrando ensalmos,  
con celadores contagiando la lepra de los antifaces,
Urge recuperar la vida salerosa, de alas impávidas,
antorcha del amor prístino, plaza de toda la gente.
Urge recuperar la vida patria, la vida puente,
la vida que andando canta, y vence.

10.09.2011

Estas pretensiones

Estas pretensiones me están matando,
este rastro de trompo irresoluto y timón sin filo,
esta ceguera andrajosa con signo de lingüista,
de topo amedrentado por el vaho del rocío,
de adusto efebo atormentado por las verjas de su propio acecho,
de poeta exiliado de los fecundos prados del romance y la melancolía.

Estas pretensiones, grietas mártires del tóxico escarnio,
que hacen callar con su rumor verdugo el lascivo canto del aguacero,
que sofocan mi euforia con la misma sílice con que despabilan mis alardes,
que van cubriendo con mezquina  celeridad de langosta
el instinto que todavía saborea las constelaciones y los epítomes.

Éstas, que tras su paso legan una alfombra de vientres marchitos,
un fétido efluvio que enerva los fatuos oropeles,
una niebla intrusa que vierte escalofríos sobre la plegaria del laúd,
una insípida letanía exigua del vestigio de los relicarios,
un réquiem anónimo de bélica cadencia que va tejiendo en cada nota,
en cada amargo anzuelo, en cada fábula inmolada,
el reflejo de la sórdida mudanza de zodiaco.

Bullentes de un cinismo crónico merodean, transgreden y se evaporan,
hurtan de paso el perfume misericordioso del orondo cenit lunar
con todos sus ebúrneos conjuros y sus bohemios feligreses.
Y mientras yo, que me voy quedando maltrecho, despoblado,
engullido por una plaga insomne de soledades poliédricas,
expertas en el desahucio de espléndidas orgías anfibias
y otros distritos cómplices de incólume conciencia de labriego.

Habrán de forrar de violácea ceniza el bálsamo heredado por el trino de la mandolina en-garzada 
estas pretensiones méndigas, devotas del almagre grabado en el cuerno del purgatorio,
a menos que testifique en contra del esbirro anclado en el magro vaivén de mi saliva,
y encuentre abrigo en la cítrica compañía de un corazón flotante.

9.18.2011

Debemos

Debemos ansiarnos, debemos bebernos,
resucitar nuestras fiebres mordaces
entre tempestades fugitivas, lunas de insomnio, debemos.
crisparnos los hábitos y la inocencia debemos,
contemplar fundidos el abrazo agonizante de las estaciones
debemos.

Envidiarnos mutuamente,
manjar y bestiario en vuelo,
desde el sortilegio de la blanca aurora,
con sus cauces, sus senderos,
hasta la caldera fulgurante del sepulcro,
zaguán para desnudarse las angustias,
estupor de todos los proverbios.

Debemos silenciarnos meticulosamente los oprobios,
cárceles ventrílocuas, coreografía del suicidio gélido,
para hacer sonar, a notas de azahar y versos de azufre,
el voluptuoso merengue del sudor rabioso,
pródiga y cadente elegía, sed de todos los golfos.

Caldear el néctar favorito de los impíos y mareas de pólvora.
Ese, que te planta en el intestino una autarquía de cosmonautas exorcizados.
Ese, que te instala en la entrepierna y la memoria el terremoto balsámico 
de las resurrecciones (y otras modestas alquimias).
Ese, vértigo agnóstico, rufián del cuarto ocaso,
admonición antigua y siempre súbito relámpago,
guarida de los dulces entreveros, licor de hienas,
muerte templada en la gentil ronda del gremio de anticuarios,
síncope de veras crónico, de veras estigma.

Debemos mordernos (¡que prodigio!) las inhóspitas, a veces célibes, pupilas,
y hacernos infusión con los trocitos que nos guarden las amalgamas y los preludios
para de una buena vez mandar al diablo el santo credo de los pavorreales
(y otros canónicos intestinos).

Querida, debemos culminar, que insolencias escribo, ¡culminemos!
el acto profético de las morales fundidas en oleos de borrasca,
vergel que maldice cualquier arrebato piadoso
y que celebra por igual la insurgencia de locomotoras y obsidianas.

Vámonos de pesca juntos, tu y yo y ese hartazgo que moldea nuestros celos,
démonos sin telones, sin reductos bajo el amparo de la cítara noctámbula,
a héjiras, a espasmos, a fragores bulliciosos, a amores cimbrados,
sexo lúdico, ladino, sexo terco, debes, debo, debemos…

9.11.2011

Me gustas (sin medias tintas)

No preciso mentirte más. La verdad es que me gusta tu sexo. El férvido compás de tu sangre liviana haciendo hervir en jubiloso desacato todos los pronósticos de la atmosfera que nos envidia. Sangre tibia que se merienda afablemente mis prejuicios y oscilaciones. Sangre altiva de vipérea presencia que se corona, a expensas de la verborrea de los monasterios, emperatriz de la lascivia. 

Me gusta la alevosía con que tus manos tiemblan en el instante exacto en que me reconocen cómplice, me gusta su insolencia de hereje y taxidermista, su voluptuosa vehemencia de raíz de caoba. Febriles acordes entre meñique y muñeca que se extienden a lo largo de un tango de múltiples personalidades que van, entre exabrupto y  letargo, desde la delicada alfarera hasta la curtidora  de pieles de reptil. 

Me gustan las noches en que nos compartimos tan dadivosamente la penumbra y hacemos del desvelo sacrílega tempestad que nos desata al tiempo que nuestros músculos, y otras inhóspitas sublevaciones, se funden y confunden en tremendo relámpago de eco agrícola y protervo. 

Entre besos y espasmos nos llamamos de tantas formas. Pudor empañado, nudo de huesos, veneno de maple, canto del látigo, caldo de sudor y amapolas en que ardemos. Me gustan todos los nombres que nos damos para no perdernos, para mitigar la entelequia en que hierven nuestros cuerpos, náufragos ávidos uno del otro, sombras poseídas por un humor mestizo, tierno. Me encanta cuando te vistes de eclipse, cuanto tu lengua ahuyenta al miedo.

Te lo digo sin promesas corruptas, sin modestias endebles, sin bálsamos lejía. Me gustas cuando la lujuria, dueña de tus ojos, se vierte como miel sobre mi cuerpo, frontera del pecado, dulce agonía. Me gustas siempre en el diáfano vértigo del celo, encendida. Acariciando la seda del insomnio me gustas, en atuendo de ninfa, querida. No sé si es tu carne insolente o la perfidia con que irrumpes en mi piel, marea benigna, pero hay algo tuyo que me enerva y que hace del orgasmo única piedad apetecida, codicia irrefrenable, trémulo cénit que todo lo sublima. 

Néctar de mandrágora destilan nuestras hambres en el lúbrico manantial que somos, fundidos, penetrados, cómplices del frenesí y la ceniza.

Me gustas desnuda y dentro. Amiga, amante, mujer turbia y caliente, buena niña...

7.05.2011

Balsa de aceite

¿Que quedara del tibio manantial de esperanza con que un niño se entrega, libre de frívolos vértigos, al naufragio de cada suspiro, de cada quimera? ¿Qué quedara del sagrado polen que florece bajo amparo del incansable andariego, en los fértiles surcos de nuestro más elegante atavío? ¿Qué quedara del arcano telar en donde se amaron por vez primera todos los cantos y todas las lenguas en la impía noche en que la luna nos embriago de su nostalgia? ¿Qué quedara del tierno oficio del adobe con el que los prístinos hijos de la lumbre y el maíz erigieron al gran faro incandescente, esfinge de todos los presentimientos mortuorios? ¿Qué quedara de la orfebre magnánima, vientre iracundo del que irrumpen todos los milagros, matriarca que lo abunda y lo sublima todo? ¿Qué quedara cuando el maldito hedor de la codicia lo contamine todo y nos arruine a todos, devastados, hambrientos y solemnemente solitarios?

6.28.2011

En los dias de lluvia


Algo sucede en mi cuarto en los días de lluvia, parece que San Cristóbal me invade. Corren entre la rendija de mi ventana céfiros que hicieron recuentro de historias recientes de la ciudad indeleble, del valle encantado.

Se deposita tiernamente sobre la atmosfera solitaria un rumor antiguo de sigilo, de danzón y de nostalgia. El impacto irremediable de cada gota dispara memorias extraviadas que invocan al tesoro del aroma de sus tejas empapadas y despiertan de súbito un tibio deseo por el consuelo de su catedral.

De entre los chubascos y los escalofríos se oye una melodía fundida a la marimba que le canta al insólito esplendor de sus atardeceres, a la embriaguez contenida en su júbilo nocturno, a la meditación inexorable que habita sus montañas y a la íntima piedad de su primer rayo de sol.

Tras el avance de los minutos las referencias son cada vez más constantes, cada vez más vibrantes y altisonantes. En el estrépito de cada trueno resuena la algazara de sus barrios, en el arrullo de la ventisca se envuelve la melancolía de sus esquinas.

El frio, con ironía, trasciende, transmuta y se nos muestra maternal, cual abrigo de tertulias olvidadas, abrigo para las penas y los temores, abrigo para los eclipses y los suicidios. Se hace sentir la visita de la niebla en un abrazo fulminante que te desmorona en mil gránulos de tierra fértil, excelente para germinar girasoles y epopeyas.

En la lluvia la soledad deja de ser un escándalo y se convierte en el mejor pretexto para restaurarnos de las amputaciones, para colapsar con nuestra sombra,  para renovar el matrimonio invisible que hicimos hace tiempo con el ponche y los encinos. La tormenta, colmada de vórtices astrales,  infunde, primero, un vértigo impredecible que recuerda las tardes de marzo en aquel turbulento andador poblado de devotos y cirqueros; y luego, una paz inexplorada, ceniza de antiquísimos idilios, que acobija con la misma dulzura con la que una pequeña tzotzil de traje multicolor se acerca para venderte un milagro.  

Para estas instancias es imposible dejar de sucumbir ante la tentación de una taza de café caliente, derramar una lágrima en simpatía de los cántaros, negarse a toda confesión innecesaria, sufrir un paro cardiaco por exceso de nostalgia y comenzar de nuevo, todo aquello embriagado con la certidumbre de que algún día, no muy tarde, estaré de regreso.

6.14.2011

Aparición próspera

¿Cómo podría ser este tipo turbulento y ebrio de amor que soy si no hubieras aparecido ahí, en la víspera clandestina del naufragio, para arremeter contra mis certidumbres y claustrofobias, para fastidiar a ineptos sortilegios de voluptuosa misantropía?... Y asomaste con el rastro de la luna menguante, para bendecirme con tus sospechas inmoladas, para arrebatarme de golpe el paraguas y bautizarme entre los fractales del aguacero con tibia melancolía de hereje, para dotarme de un par de alas magníficas, ansiosas de cortejar al ocaso y luego cambiarme entre hierbabuena el sobrenombre.

6.07.2011

Ana

Ana de los crímenes, de las distancias oceánicas,
de los velos furtivos, de los amaneceres indecisos,
de la sonrisa grabada en piedra para memoria de mis nietos.

Ana de la ruptura, de los arrepentimientos,
de la cortina de humo, de las ansias, del mordisco en los labios,
de los desórdenes gravitatorios, de la mudez insoportable,
de la bienvenida esperada desde antes que apareciera el mundo.

Ana de mis sueños turbios, de mis desquicios favoritos,
de mis terapias inconfesadas, inconfesables;
de mis mutaciones cada vez más consuetudinarias, de la probidad,
de lo inevitable, de lo indescifrable, de lo inoportuno.

Ana de mis cuestionamientos lunares, de mis versos por la madrugada,
de mi solemnidad hipócrita, de mi lujuria a oscuras.
de mis nuevos chamanes, del recuento de los daños,
del fracaso en la templanza del espíritu.

Ana de la emancipación, de las angustias,
de las reminiscencias shakespearianas, de los celos noctámbulos,
del vértigo, de los barrancos, de la flores silvestres,
del estómago como horma de zapatos,
del magnetismo como dictadura perfecta,
de mis otras vidas.

Ana del pecado, de la aberrante carga de las misas,
de la sed por la excomulgación,
de los reproches al destino, de la piel apartada,
de la tibia muerte que me recorre con tu aroma,
de los besos que duelen hasta en la última de mis cenizas.

Ana en la custodia de los diluvios,
en el cumplimiento exacto del deber,
en el libro abierto de las mitologías y los funerales.

Ana de las rendiciones, de las condolencias y de las resurrecciones,
de los juzgados moribundos, de las sentencias a créditos,
de este corazón amordazo que te clama y requiere
y, por supuesto, del bendito amor hijo de puta.

5.31.2011

Esta distancia de ti

Esta distancia de ti, que me deja inhóspito, témpano maltrecho, todo asustado.
Ya no le caben más a mis raíces más nostalgias, más desvelos, tibios reproches no escuchados.
Las ámpulas que desde hace un rato habitan mis meñiques han desarrollado
una lengua capaz de sobornar a todas las noches de luna ausente
ó a la canción que germina en los labios del pasado.

A mis tobillos les duele la ausencia del frio, impensable que se resignen a sentirte lejos.
Mis uñas solidarias se ponen asmáticas sin mi permiso o corren a llorar con el eco del ropero.
Mis nervios fijan una hora siempre incrédula para postergar mis reemplazos,
para cambiarme el credo,
y soy siempre el último en abandonar los escalofríos que me dono el ocaso,
dispuesto a arruinarme alguna espalda y quedarme quieto.

Esta distancia de ti, tierra mojada, sirena, santuario de los nahuales,
me arranca los solsticios de la sombra, olvido del clamor de los inviernos.
¿Cómo soportar la ausencia de tus rosas, del vestigio de tus temblores,
del amor discreto de tus manantiales? ¿Cómo vivir sin la huella de tus verdes prados,
sin la fertilidad de tus romances violentos?

Sin tu abrazo, sin tu metódico cansancio
el daltonismo me persigue hasta en los columpios y las dulcerías.
La luz de otoño, que ilumina tus rincones, tus cuartos acuartelados,
suprime cualquier desdén insoportable
y es reminiscencia de remotos e inmortales días.

Te extraño con el oleaje taciturno del milenario sigilo de los caracoles,
con la enfermedad sublime de los poetas medio muertos,
con los hábitos horneados, con el duelo a rastras y sin fiebre
y con una terca necesidad de tu brisa y de tus puertos.

En esta distancia nuestra tendré que guardar mis diluvios,
menester de lo que diga la próxima aurora.
La noche será confidente de mi llanto, de mi plegaria.

¡Pueblo mío! ¡Veladora del tiempo innombrado!
Pido porque esta lejanía termine pronto para sucumbir de nuevo
a tu voz,  a tus riberas, a tus cicatrices y esos firmamentos nublados.
¡En ti comenzara la última víspera, de ti nacerán los inéditos colapsos!

5.24.2011

Acto de Contrición

Hoy parece que mis silencios han optado por desmoronarse, me duelen mis espinas, mis tres estómagos, mis antiguos antifaces. Mis huellas se desvanecieron en la arena del camino, mi sombra cambio de color, mis astrólogos me abandonaron en la tarde más oscura y ninguno de mis suicidios supo de algún testigo.

La voracidad de mi soberbia supero los límites acordados, me sentí desnudo sobre la piedra caliza, amé sin decoro, perdí la brújula que había reservado para los solsticios, me divorcié de mi mano izquierda, me rompí la columna tratando de imaginarme contorsionista, llore con la vergüenza de mis traumas y ni siquiera tuve tiempo para sentirme afligido. 

Recuerdo que mendigos interrumpieron su rutina para contemplarme desde la vitrina de los bufones, que no me pidieron permiso para quitarle la correa a mis fantasmas, que los malditos violaron el otoño al que le entregue las más ávidas fantasías, que las luciérnagas dejaron de visitar el desván, que me negaron tus besos de cuarzo y mirra, que irrumpieron de noche en mis arterias y sembraron sospechas con el rigor de un alquimista. 

Hoy me cansé de revivir a mi madre, sonámbulo le prendí fuego a mis huertos, até mis manos con listón al primer buque que zarpara al tártaro, acepte vendarme las cicatrices que me dejo la inquisición, cambie de credo como cambio de sedantes, mande al carajo los proverbios que me enseñaron las hormigas, fui devoto de las biografías oficiales y de las alcantarillas y navegue por primera vez sobre la aurora sin voltear atrás la vista y conmoverme como ayer, como anoche, como todos los días.

5.17.2011

Rendicion de vos


Soy tuyo si me dejas extraviar mis horizontes,
seducirte en la humedad de mi disidencia,
contemplarte con fervor al cobijo de la madrugada,
guardarte en vela hasta que tus huesos sean de estaño,
cantarle, pero muy bajito, a tu ombligo y tus rosales.

Soy tuyo si aguardas la hecatombe de las estaciones,
o si decides respirar la historia de los cretáceos y los artificios,
o me regalas el prisma lindísimo de tus ojos,
o te olvidas algún rato de ser aurea y te haces polvo conmigo
para recorrer la ternura de subterráneas habitaciones.

¿No sabes que he sido tuyo desde el principio de tu sombra,
desde el último rincón de otoño,
desde el llamamiento a las supersticiones,
desde el primer capítulo en la melancolía de la luna?

He sido tuyo con los parapléjicos, con los tendones,
tuyo durante la inquisición y hasta en las orgías,
tuyo con tragos amargos y fosforescentes,
tuyo cuando arremetiste contra las cortes y
cuando te hartaste de los homicidios.
He sido tuyo siempre y desde antes que anochezca.

Aún así esperamos con ansia el sobresalto.

Pero yo no me voy a ir de ti, como los laureles no pueden tomar distancia de los muertos,
como los muertos no pueden tomar distancia de los reflectores.

Al final del suspiro es tu voz la que tiene eco,
es tu enigma el que aún tiene rostro de sospechoso,
es tu aura la que intimida, la que derrite,
es tu brisa dulce a contracorriente,
son tus mieles, tus notas, tus temblores
y soy yo, el que te sigue...

5.10.2011

Dolor y demanda

Como no dolernos la sed y el hambre;
Ese infame agujero en el estómago que padecen en las sierras, en los desiertos, en las cavernas, en las endiabladas urbes.

Como no dolernos su cansancio;
Roca lapidaria que arrastran día tras día, enterrándolos, sometiéndolos al precipicio innombrable.

Como no dolernos su impotencia;
La abismal distancia entre los poderosos, militantes del sadismo, redentores oscurísimos, carniceros de ética renombrada con los otros, los míos, los bastardos,  los que bailan con la vida y con la muerta y carcajean, los de la aureola celeste, los ecos del ímpetu y las estrellas.

Como no dolernos sus cicatrices, sus llagas;
Que no les basta con imprimirse sobre la piel, que en ocasiones duelen más dentro, en el hígado, en los pulmones, en el corazón, en el alma.

Como no dolernos su incertidumbre;
El desasosiego cotidiano, la mortificación que habita los días oscuros en donde no alcanza, sencillamente no alcanza y el nacimiento es ya un asunto reprochable.

Como no dolernos las blasfemias;
Las lenguas de serpiente tóxica, las instigaciones consuetudinarias con que el pueblo es violado, supeditado que porque no tiene el carácter. Que porque en este mundo con las ganas bastan.

Como no dolernos la infausta cerrazón;
Las miradas cobardes que voltean hacia otro lado, las conciencias de aparador y ornato, los pocos huevos, los célibes del grito y del honor más cristalino. ¡Que se los juro! ¡Que hay niños que encuentran la muerte en cada hora por ser culpables de ser pobres!

Como no dolernos las huellas que les deja esta puta vida ineludible;
Las pequeñas muertes diarias. Son las ojeras indispensables por los dobles o los triples turnos. Son las espaldas quebradas por la carga de demasiados costales y demasiadas penas. Son los cuerpos sonámbulos, devastados por cánceres infligidos, que se levantan solo con la fuerza del amor a sus hermanos, esposas, madres e hijos.

Como no dolernos sus lágrimas;
Derrochadas en desvelos solitarios, tan solos que hasta Dios luce distante. El llanto, con su puño implacable, es la única forma que encuentran para conciliar el sueño, abrumados por la violencia torcida que los espera a la mañana siguiente.

Como no dolernos la sentencia con tintes definitorios;
Impuesta por los jueces impuestos que dicta “científicamente” que la pobreza es una característica natural en este universo deforme y corrupto. Y que las otras posibilidades son absurdas y que la crítica y la resistencia son delito.

Quisiera que me dejara de doler a mí pero quiero más que les deje de doler a ellos. Ya estuvo bueno. ¡Ya basta!

5.03.2011

No permitas

No permitas que el fulgor que emana de mis puños deje de desbordarse en el umbral de los crepúsculos, o que los ancianos dejen de columpiarme en sus brazos de sabiduría y mimbre, o que deje de distinguir las incontables texturas que habitan en el canto del rocío o que concluyera penosamente que en el mundo andan escasos los milagros.

No permitas que deje de hacer inquisición de todos mis prejuicios en todos mis días, o que sea tentado a olvidar el gozo de las innumerables tonalidades de la bóveda celeste, o que deje de extrañar el sazón exacto de mi abuela Julia, o que deje de sentirme sombrío cuando en mi camino cruza uno de esos rubíes bastardos que son los niños de la calle.

No permitas que figure como otro de los cobardes de moral incuestionable que necesitan de un juglar gordo de traje rojo para entregarle un regalo a sus hijos, o que olvide la nostalgia que habita en el arrullo de las olas, o que deje de rabiar por el aroma exquisito del estiércol que tiene inundado a los centros comerciales, o que deje de indignarme con las flores de plástico, las dignidades de ornato y los partidos de derecha.

No permitas que algún día, después de enfrentar la cal de la miseria, el hambre y las cadenas comience a tolerar de poco en poco las fauces insaciables de los grandes capitales, o los versos de ficción que entonan tan religiosamente los economistas, o los muertos por gripe en África, o la resequedad en las arterias, o la devoción por los misioneros y profetas, o el Amazonas en crisis de raíces y enigmas, o la desconfianza en el bendito pueblo, o el libre mercado con letras pequeñitas.

No permitas que abandone mi conmoción por la venta de metros cuadrados en la luna, o que extravíe el jardín de susurros que me heredo Carpentier en su penúltima visita, o que alguna lágrima se derrame a causa del espejismo de la compasión en las violaciones contemporáneas, o que halle desconsuelo en el naufragio de la resistencia, o que deje de inspirarme inagotablemente en la labor de las cortesanas, o que la rebeldía aguarde al florecimiento de los augurios mientras que de su éxtasis y su ternura solo quede huella en algún ínfimo libro de historia. 

No permitas, corazón mío, que todo este suicidio acontezca y se ahogue el resplandor del más antiguo sendero, y sigue bombeando en mis torrentes esta locura infinita a la que rindo homenaje, de la que soy peregrino, combatiente, amigo, guardián, confidente, hermano y grito, y con la que soy, aun en la tiranía que asedia nuestros días, hombre genuino y eterno.