Habrá
de temblar el mundo cuanto todas las mujeres alcen la mirada. Cuando juntas
hagan de su voz sublime, raudal de ígneos madrigales, un dulcísimo coro que lo
transparenté todo, expiación de los ingratos, bálsamo para los desamparados. Cuando
el vibrato de sus cuerdas en unísono haga sucumbir en inmaculado escándalo el
garbo pernicioso con que han sido sometidos los cierzos de una imaginación de
lindes insondables, el fragoso
agitar de unas alas provistas desde antes que retumbara en el mundo el
rudimento de los atlantes y que entre perfidia circense y nostalgia de ornato, les
habían hecho guardar en el baúl de la ignominia. Cuando ellas desparramen su
amorosa furia y de ella se desprendan hidalgos torrentes de barro y centellas
con humor de guillotina y proclamas de una vehemencia que parecía reservada
solo para cuando apremiara en el cosmos algún relevo de elipsis. Cuando resuene
su trepidante paso y se atesten de escalofríos y otros cáusticos murmullos los
amantes de la discordia, sórdidos idólatras de su sudor raptado, del lucrativo
mercadeo de hambres y mañanas, del velo narcótico con que acostumbran
enmascarar el sol de marzo. Cuando manden al carajo sus miedos con todo y la
botellita de ron vacía, preñada de un trozo de papel sin cómplice, lanzada al
mar (o la calle, que es lo mismo) para rogarle al príncipe una dosis amansada
de descuello, mandar al carajo el blanco sepulcral que con tanto empeño les
imponen los padrinos de celda y que las meretrices y otras rebeldes de zodiaco,
disuaden con tanta dulzura, mandar al carajo todos los reparos (incluyendo los
míos) que no valen ni un quinto en la medida que no son ellos, aun con toda la
cofradía que los ampare, sino ustedes, las que a fuerza de su valeroso andar habrán
de forjar sus propias fábulas, las que han de hacer frente a la aciaga opresión
de la farmacopea oficialista.
Cuando
las mujeres se tomen de la mano y la conciencia, ya verán como en la cónclave
de sus femíneas irises es que habrá de erigirse la anhelada aurora sin
reductos, sin paraísos con salas VIP,
sin puños blandidos por esperpentos bullentes de infamia, sin escollos que veden
el naufragio a otros justos hortelanos, hálitos de la estampida, sin quiromancias
talladas en la espina del porvenir, sin romances prostituidos para engorda de
pastores novísimos, sin muertes suscritas por adelantado, sin orden del día
para el zarpaso de un par de epifanías carmesí.
Cuando
las mujeres canten, y sea su eco tan etéreo y facundo,
que baste para desarmarnos de artilugios y espejismos…